Abro los ojos.
Al principio me siento bastante
desorientada, pero pronto me doy cuenta de dónde estoy. Me duele la cabeza de
darme cabezazos contra la ventana del autobús. Sabía que no era buena idea
quedarse dormida, pero después del madrugón de esta mañana, me ha sido
imposible mantener los ojos abiertos.
Intento incorporarme. Me duele el
cuello una barbaridad. Empiezo a girar la cabeza hacia los lados para ver si se
me va aliviando algo el dolor, y me fijo en el resto del vehículo. Está todo
vacío. Sólo quedamos el conductor y yo.
Como llevo varias horas sin decir
nada, decido acercarme a él para que sepa que sigo aquí (por si se había
olvidado) y me diga si queda mucho para llegar a mi destino. Aunque por lo que
veo a través de la ventana, no debe quedar mucho: los árboles y la vegetación
de aquí son totalmente distintos a los que estoy acostumbrada a ver donde vivo.
Estoy ya muy lejos de mi hogar.
El hombre tendrá unos cincuenta
años, pelo canoso y bigote, y va escuchando en la radio las típicas sevillanas
que ponía mi abuela en su antiguo coche cuando
yo era pequeña e íbamos a comprar.
– Disculpe – le digo.
El pobre hombre da un respingo cuando me oye hablar.
– ¡Ah! Hola, hola. Te has echado una buena siesta, ¿eh?
Me muero de la vergüenza sólo de pensar en la cara que habré
puesto mientras dormía.
– Sí, bueno, es un viaje muy largo – digo con cara de
disculpa. – Oiga, ¿sabe más o menos cuánto queda para llegar?
En cuanto termino de hacerle la pregunta, pisa el freno y
poco a poco va reduciendo la velocidad.
– Ya hemos llegado – dice.
Asiento con la cabeza y espero hasta que el autobús se detenga por completo. Cuando se ha
parado, el conductor abre la puerta y ambos salimos por ella. Él se dirige
hacia el maletero y lo abre para sacar mi equipaje, repartido en dos enormes
maletas. A parte, tengo una pequeña mochila en la que llevo agua, la cartera,
el teléfono móvil y cosas por el estilo.
Una vez que lo he cogido todo, el conductor se detiene
frente a un carril de piedras que penetra en el bosque, a un lado de la
carretera.
– ¿Ves este camino? Pues es todo recto. Tienes que andar
hasta que se acabe el sendero, y entonces te encontrarás una puerta de hierro
con el nombre del internado encima. – Me mira a mí y mira las maletas – Espero
que puedas apañártelas sola. Yo no puedo dejar aquí aparcado el autobús. Si no,
te acompañaría.
«Seguro que sí», pienso. Le doy las gracias mientras se sube
al autobús y cierra la puerta. Arranca el motor, y en menos de un minuto dejo
de ver el vehículo, que avanza por la carretera de tierra entre los árboles.
Miro el camino. Está hecho de cientos de piedrecillas blancas de tamaños
muy diversos, amontonadas todas sin ningún orden. Camino hacia él, y una vez
sobre las piedras, caigo en la cuenta de que podría haberme enviado todo el
equipaje por correo. Es una misión casi imposible llevar todo este peso por este camino.
Avanzo como puedo, y cuando llevo un rato andando me
encuentro un banco a un lado del sendero y un poste con un cartel en forma de
flecha en el que pone «Internado San Isidro». Decido sentarme en el banco y
descansar unos minutos. Saco una botella de agua de mi mochila y bebo,
observando mientras tanto el bosque que me rodea.
Nunca había visto tantos árboles juntos. Yo siempre he
vivido en la ciudad, y aunque a veces iba de excursión al campo con mis amigas,
nunca había visto nada parecido. Aquí hay hasta setas y champiñones amontonados
sobre las raíces de los árboles, y he visto especies de flores que no había
visto en mi vida.
Saco de mi mochila uno de los muchos folletos que me dieron
mis padres cuando me estuvieron enseñando el internado. Veamos... por lo que sale en las fotos, hay dos bloques de habitaciones, uno frente al otro, y el instituto
está al lado de ambos, de manera que los tres edificios están dispuestos
formando una "U". Detrás del edificio de las chicas hay una cancha de
baloncesto y un pabellón deportivo; detrás del edificio de
los chicos, hay una pista de fútbol y una piscina cubierta. Y detrás del
instituto, hay una enorme extensión de bosque que entra dentro de los límites
del internado. Además, por lo que pone aquí, el sitio cuenta con otras muchas
instalaciones, como un pequeño supermercado, una enfermería, un comedor y algún
que otro sitio. En fin, tendré que explorar poco a poco el lugar.
De pronto, oigo un ruido detrás de mí. Me giro al instante, sobresaltada.
Ha sido una especie de crujido, como una pisada. Supongo (o me gustaría pensar)
que ha sido algún animalillo correteando o saltando, pero por si acaso, cojo mis
cosas y continúo con mi caminata. Entre el susto y la humedad del ambiente, un
escalofrío me recorre el cuerpo entero. Decido no echarle más cuenta al asunto
y ando sin mirar atrás.
Después de unos minutos andando (minutos que se me hacen
eternos gracias a mi equipaje), llego a las puertas del internado. Son unas
puertas dobles de reja que van sujetas a una columna de hormigón cada una; a su
vez, las dos columnas sostienen un arco que pasa por encima de la puerta doble
en el que pone el nombre del internado. A mi izquierda y mi derecha, la reja
que delimita los terrenos del internado se extiende más allá de donde me alcanza la vista.
Me acerco un poco más a la verja y observo el interior del
recinto. Todo es tal y como se describe en los folletos y las fotos que tengo.
Frente a mí, a lo lejos, está el instituto, de color blanco y gris y con tejas marrones.
A izquierda y derecha se encuentran los dos edificios simétricos donde están
las habitaciones, y entre los dos, el camino hacia el instituto. El camino es
de losas grises, y a ambos lados del mismo hay dispuestos bancos y grandes
macetas de hierro llenas de plantitas, intercalados unos con otros.
Me fijo en la columna de hormigón de mi izquierda. En ella
hay instalado lo que parece ser un pequeño porterillo. Me acerco y veo un botón
de silicona y un altavoz oxidado. Presiono el botón y se oye un pitido.
Durante varios segundos me quedo de pie, esperando en
silencio. Decido volver a pulsar el botón cuando, de pronto, escucho una voz
procedente del altavoz.
– ¿Sí? – dice la voz, de mujer.
– Hola. Soy... soy Cleo – le respondo. Me aclaro la
garganta. He de reconocer que estoy un poco nerviosa; esta conversación es la
primera que establezco con alguien de aquí, y quiero causar buena impresión –
Acabo de llegar en autobús.
– ¡Sí, sí! Claro que sí, cariño. Dirígete hacia el edificio
del fondo.
A continuación se escucha otro pitido, esta vez procedente
de la puerta, seguido de un "clac". Como puedo, voy tirando de las
maletas y abriendo la puerta al mismo tiempo. Una vez dentro, me detengo en
seco y observo lo que hay a mi alrededor.
Está todo desierto. No hay nadie. ¿Dónde está la gente? Es
imposible que no haya llegado nadie. Es decir... las clases comienzan mañana.
Debería haber gente por aquí, ¿no? No entiendo nada.
Decido avanzar para llegar hasta el instituto, donde la
señora del portero me ha dicho que tengo que ir. Justo al final del recorrido,
frente al edificio al que voy, hay una gran fuente funcionando. También me fijo
en que los edificios de las habitaciones tienen porche, y en ellos hay algunas
de las tiendas de las que hablan los folletos, como el supermercado o lo que
parece ser una tienda de ropa.
Al llegar a la fuente, la rodeo y subo la cuesta del
instituto. Llego a la puerta y la abro.
Nada más entrar, encuentro frente a mí una ventana con un
mostrador. Sobre la ventana, hay un cartel en el que pone «Conserjería». Junto
al mostrador, unas escaleras suben hacia la derecha. Supongo que arriba están
las aulas.
A mi izquierda hay una pecera, macetas y varios carteles que
hablan sobre la integración, la igualdad y cosas por el estilo, y a mi derecha
hay un pasillo ancho y largo que acaba en unas puertas dobles. En ese mismo
pasillo, hay varias puertas a izquierda y derecha; avanzo para ver si encuentro
a la señora que ha hablado por el portero, y justo cuando doy un par de pasos,
una voz de mujer surge a mi izquierda y me deja sorda de un oído.
Del susto que me llevo se me caen hasta las maletas, y ahogo
un grito. El sonido era un «HOLA» procedente de un mostrador que hay justo a mi
izquierda, al comienzo del pasillo, y que había pasado totalmente inadvertido
para mí al haberme centrado en ir hacia las puertas dobles.
Cuando recupero un poco el aliento me agacho para recoger mi
equipaje, y al levantar la vista para hablar con mi "atacante", me
quedo muda.
La mujer tendrá unos sesenta años. Tiene el pelo rubio y muy
rizado, pelado justo por debajo de las orejas. Tiene los ojos azules y grandes,
y lleva una sombra de ojos turquesa que no le favorece en absoluto. Tiene los
labios pintados de rojo y lleva un camisón largo azul marino, combinado con un
collar dorado con piedras en tonos morados, verdes y azules. Se me viene a la
cabeza la imagen mental de un pavo real con las plumas abiertas. Me ha dejado
sin palabras.
– ¡Hola! ¡Hola! ¿Qué tal, preciosa? ¡Espero no haberte
asustado! – dice.
Sin salir aún de mi asombro, intento contestarle algo
coherente.
–Eh... hola. No se preocupe, todo bien. Sólo me he
asustado un poco.
Un "poco" que casi acaba en infarto. La mujer se
aparta del mostrador y sale por una puertecita que hay a la izquierda del
mismo. Es bastante más bajita que yo, y el camisón le llega hasta las rodillas.
los ha combinado con unas mallas doradas, a juego con el collar. ¿De dónde ha
salido esta mujer?
– Bienvenida, cariño – me dice mientras se acerca para darme
dos besos. Le devuelvo el saludo, y cuando se aparta, sonríe ampliamente. La
pobre tiene todos los dientes llenos de pintalabios. Hago un esfuerzo sobrehumano
por no reírme y le devuelvo la sonrisa. – Yo soy Marina, y trabajo en
secretaría.
– Encantada – le respondo. – Yo soy Cleo.
Enseguida, Marina me quita todo el equipaje de encima, lo coge y lo mete en la secretaría.
– Voy a poner todas tus cosas aquí. Las voy a dejar en un
rincón para que puedas ir a almorzar de mientras, ¿quieres? ¿Tienes hambre?
Claro... Ahora entiendo cómo es que no había nadie fuera:
está todo el mundo almorzando. Miro un reloj que hay pegado en la pared del
fondo de la habitacion: las dos y media de la tarde. Ha sido un viaje
larguísimo.
– Pues la verdad es que algo de hambre sí que...
– Y oye, el camino, ¿bien? ¿Te ha sido fácil encontrar el
sitio? Habrás visto el cartel con el nombre del internado junto al banquito.
¡Fue idea mía! Porque claro, la gente solía venir y...
Y Marina se pone a hablar sin control sobre la cantidad de
gente que se ha perdido en el bosque, y cosas de esas. Mientras habla, me fijo
en el resto de la secretaría. No es una habitación muy grande, pero tiene un
escritorio justo bajo el mostrador y varios armarios y estanterías en las
paredes. Por todas partes hay cosas de Marina: bolígrafos con plumas, libretas
y accesorios de papelería con estampados estrambóticos; también hay varios
lapiceros decorados con pedrería. Esta mujer debe llevar aquí más tiempo que el
propio edificio.
Lo único que desentona con el peculiar estilo de
Marina, es un cuadro en la pared del fondo, junto al reloj, de color granate
con varias líneas negras y blancas trazadas de forma desordenada sobre el óleo.
Es bastante feo, pero al ser de un color tan apagado y simple, pasa bastante
desapercibido.
De pronto, Marina suelta una carcajada que la dobla hacia
atrás y todo, riéndose de un comentario que ella misma ha hecho sobre algo. A
pesar de que no le estaba prestando mucha atención, sonrío. Esta señora tiene
una expresión tan risueña que es fácil sentirse alegre al lado de ella.
– Pero bueno, estarás muerta de hambre. – dice. Y la verdad
es que ahora que lo dice, tiene razón. – Mira. Tras esa puerta – señala la
puerta doble hacia la que yo me dirigía en un principio –, hay unas escaleras.
Tú bájalas, y a mano izquierda hay un pasillo. Al final está el comedor. ¿Por
qué no me dejas aquí tus maletas y yo te las cuido mientras almuerzas?
Me da un poco de miedo dejarle todo el equipaje a una
persona que acabo de conocer, pero no pienso bajar a comer con todas mis cosas,
y ahora mismo no me veo con fuerzas de llevarlo todo cargando hasta mi
habitación. Voy a relajarme un poco; ya habrá tiempo de deshacer las maletas
más tarde.
– Vale –le digo. – Le dejo al cuidado de mis cosas... muchísimas gracias por
todo.
– ¡No te preocupes, hija! Tú come tranquila.
«Eso haré». Voy hacia el final del pasillo, y en cuanto abro
la puerta doble, empiezo a escuchar un jaleo enorme procedente del fondo. Tal y
como ha dicho Marina, hay unas escaleras; las bajo. El pasillo está iluminado
por unos fluorescentes lúgubres y de luz tenue. Es deprimente, y a la vez da
un poco de miedo. Da sensación de claustrofobia.
Efectivamente, a mi izquierda continúa el pasillo; esta vez el
camino es corto, y al final del mismo, hay otra puerta doble. Ahora el ruido es
mucho mayor que al comienzo de las escaleras, y algo hace que me quede en el
sitio por unos minutos y no pueda avanzar.
No me asusta el hecho de empezar una vida nueva. Y me apena
el hecho de haber tenido que separarme de mis padres y de mis amigos, sí, pero
no estoy disgustada. Mis padres son arqueólogos, y llevaban cerca de dos años
sin encontrar trabajo. Se les hacía imposible poder pagar las facturas, así que
cuando aquel antiguo profesor suyo les recomendó para una nueva expedición en
Egipto, mis padres se alegraron como no lo hacían en años.
A mí me habría gustado irme con ellos y pasar un año
viajando, pero reconozco que era mejor idea que me quedara aquí. Este año es el
último de instituto que me queda; a final de curso me examinaré para entrar a
la universidad, y si este año hubiese dejado los estudios, luego me había
costado la misma vida retomarlos. Supongo que ya tendré tiempo de hacerles una
visita en algún momento.
El mismo profesor que les había ayudado a encontrar trabajo,
es el que les recomendó que me metieran en este internado. Al parecer, él mismo
imparte clases aquí. Yo tenía que quedarme en uno sí o sí, y por lo visto, el
instituto que hay aquí prepara muy bien a sus alumnos para la prueba de acceso
a la universidad. Sea como sea, yo he estado todo el verano concienciándome de
que este curso va a ser complicado, y tengo la dificultad añadida de haber
cambiado por completo mi vida en muy poco tiempo. Espero de verdad que todo
salga bien.
Y todo esto viene porque, aunque no tenga miedo de entrar en
una sala llena de gente dispuesta a juzgarme por lo primero que vea de mí, y no
tenga miedo de saber todo lo que estén dispuestos a decir o a pensar, es
difícil empezar de cero estando lejos de la gente a la que consideras tu
apoyo... lejos de la gente que consideras parte de ti.
Como empieza a preocuparme el hecho de que alguien me vea
mirando una puerta mientras reflexiono profundamente sobre el sentido que tiene
mi vida ahora mismo y piense que estoy totalmente loca, decido entrar en el comedor.
Al principio, el ruido es ensordecedor. Hay muchísima
gente, en su inmensa mayoría adolescentes. Nadie parece percatarse de que he
entrado siquiera, lo cual me alivia. Creo que estoy siendo un poco egocéntrica;
no tengo por qué ser la única persona nueva aquí. Seguramente haya mucha más
gente en mi misma situación.
La sala se extiende hacia mi derecha. Haciendo
unos cálculos aproximados, hay dos filas de mesas, y en cada una hay unas diez
mesas. Alrededor de cada una hay una docena de sillas más o menos, lo que hace
un total de... muchos alumnos. A mi izquierda, frente a las mesas, hay un
mostrador con vitrinas en las que hay comida, y detrás del mostrador hay dos
señoras repartiendo el almuerzo, una más gruesa y alta y otra más menuda.
Busco con la mirada algún sitio donde pueda coger una
bandeja para que me sirvan la comida, ya que todo el mundo tiene una en las
manos. Localizo un pequeño mueble justo frente a mí, donde empieza el
mostrador. Me dirijo hacia allí cuando, de pronto, choco con alguien
estrepitosamente. Tropiezo, pero no llego a caerme al suelo. Rápidamente, me
doy la vuelta para ver qué ha pasado y pedir disculpas a quien quiera que sea
que haya chocado conmigo, pero no me da tiempo a hablar siquiera cuando un
muchacho algo mayor que yo empieza a decirme de todo.
– Joder... ¿pero qué mierda haces? ¿PARA QUÉ TE PARAS AHÍ EN
MEDIO? – el chaval tiene toda la camisa llena de lo que parecen ser puré y agua.
Se ve que, al chocar conmigo, se le ha caído todo lo que tenía en la bandeja encima.
Gran parte de la gente que estaba comiendo se calla y mira
hacia donde estoy. Yo no me atrevo a decirle nada al tipo porque, además, no va solo. Va
con otros dos chicos y una chica, y digamos que ninguno tiene pinta de querer
disculparse. Me miran desde detrás de su amigo con actitud desafiante. El muchacho con el que he chocado me mira intimidante mientras yo analizo la situación.
Finalmente, decido que no es buena idea iniciar una disputa
para ver quién ha chocado con quién. No creo que saliese ganando.
– Lo siento – digo, intentando aparentar que lo siento de
verdad –. Lo siento mucho, en serio. Iba a por una bandeja y no me he dado
cuenta de...
– Cállate – me interrumpe –. Y procura que no vuelva a
pasar, imbécil.
Tira la bandeja al suelo dando un golpe, lo que hace que el
resto de personas que no se habían parado a ver el espectáculo, lo hagan.
Afortunadamente, el chico decide irse del comedor, por lo que la cosa acaba
aquí. Antes de irse, uno de sus amigos me enseña el dedo del medio y me dedica una horrible mueca. Le falta un diente.
Suspiro y decido no pensar más en el asunto. A partir de
ahora, estaré más atenta por donde quiera que vaya. Poco a poco la gente vuelve
a sus conversaciones, y todo se queda en un susto para mí. Llego al mueble en
el que están las bandejas, cojo una y me pongo en la cola del mostrador. Veo lo
que hay para comer a través de las vitrinas: el puré, salchichas y macarrones
con tomate. Si me dan a elegir entre los tres, me quedo con el tercero.
Cuando llega mi turno, una señora bajita, de ojos castaños y
con el pelo recogido en una redecilla me pregunta que qué quiero tomar. Yo le
señalo los macarrones a través del cristal y ella me rellena el plato. Cuando
me lo devuelve, le doy las gracias, pero ella mira hacia abajo. Parece tímida,
reservada. Enseguida atiende al muchacho que hay detrás de mí, por lo que
avanzo por el mostrador para encontrarme de frente con la otra mujer, más
gruesa. Tiene la misma redecilla y aparenta ser más o menos de la misma edad,
unos cuarenta y largos, pero sus ojos son de un azul intensísimo. Tiene la piel
clara y la expresión seria.
– ¿Qué vas a querer beber? – me pregunta. En cuanto habla me
doy cuenta de que es extranjera. Tiene un acento raro; nunca antes lo había
oído.
– ¿Tenéis zumo de naranja? – le pregunto. Ella se da la
vuelta y alcanza un bote de zumo natural de una pequeña nevera. Lo pone en mi
bandeja y me vuelve a mirar.
– ¿Y de postre?
– Pues... – miro hacia la nevera de la que ella ha sacado el
zumo. Junto a esta hay otra igual en la que están los postres. Creo distinguir
lo que parece ser gelatina de fresa, y como no creo que esta señora tenga ganas
de leerme la carta de los postres, le digo que me dé eso mismo. Seguidamente,
ella pone un tenedor y una cucharilla en mi bandeja y deduzco que mi menú está
servido.
Ahora viene lo difícil. ¿Dónde me siento? Todas las mesas
parecen estar ocupadas por grupos de amigos o conocidos. Avanzo entre las dos
filas de mesas y miro a izquierda y derecha. Voy buscando un hueco, un sitio
libre en una mesa más bien solitaria, para no molestar a nadie.
Por fin veo al fondo una mesa ocupada por dos niñas de unos
quince años, sentadas en el extremo, las dos solas. Me acerco y me siento en el
extremo opuesto, intentando aparentar tranquilidad. Las niñas no parecen
haberse dado cuenta siquiera; por lo poco que consigo oír, parece que una le
está contando a otra lo bien que se lo ha pasado este verano en la playa con su
familia.
Cojo el tenedor y empiezo a comer. Me encanta comer. Y estos
macarrones no están nada mal. Es decir, no están mal teniendo en cuenta lo que
todo el mundo dice normalmente sobre la comida de los comedores. Mientras como,
miro a mi alrededor. Las luces blancas de los fluorescentes le dan al comedor
un aspecto triste; no hay ventanas, y las paredes, blancas, andan escasas de
decoración.
La seriedad de la habitación es contrarrestada, sin embargo,
por las risas de los adolescentes. Me fijo en que hay gente de todas las
edades, entre los... ¿once? Y los dieciocho años. Aunque ahora que me doy
cuenta, también hay gente mayor que yo. Lo más probable es que hayan repetido
curso en algún momento, supongo.
En pocos minutos me he comido el plato de macarrones entero.
La gelatina me la como rápido también, y nada más acabar, cojo mi bandeja y me
dirijo hacia el mostrador para dejarla allí. Mientras camino, noto cómo algunas
personas se me quedan mirando. Es normal; ellos seguramente se conozcan desde
hace años, mientras que yo no sólo soy la nueva, sino que ya he conseguido dar
el espectáculo. Y antes de empezar siquiera las clases... Genial.
Salgo del comedor por la misma puerta por la que he entrado.
Estoy deseando llegar a mi habitación y deshacer las maletas. También me
gustaría tener algo de tiempo para relajarme; mañana empiezan las clases, y
quiero ponerme a estudiar desde el primer día, por lo que hoy es, en teoría, el
último día de descanso que tengo hasta el fin de semana que viene. Y cinco días
de clase pueden hacerse muy largos.
Subo las escaleras y abro la doble puerta. Ahora hay gente
en el pasillo, y Marina bromea con un grupito de muchachos sobre algún tema en
concreto. Cuando me ve llegar, detiene la conversación y me sonríe ampliamente.
– ¡Cleo, Cleo! –me dice, acompañando su cántico con
exagerados aspavientos. Esta mujer es más rara... Entra en la secretaría,
dejando con la palabra en la boca a un chico del corrillo que tenía alrededor.
Al segundo, sale con mis maletas, toda cargada de cosas. – Aquí está todo tu equipaje.
¿Quieres que alguien te ayude a subirlo todo a tu habitación?
– No, no, de verdad. No es necesario – le digo mientras voy
cogiendo todos mis bártulos. No quiero causar molestias a nadie. – Eso
sí, ¿sería tan amable de darme la llave de mi habitación?
– Claro que sí –
Vuelve a entrar en la secretaría y la veo a través de la puerta, que está
abierta. De un pequeño armario que hay debajo del cuadro del fondo saca un
llavero de madera que tiene un número grabado y una llave colgando. Me la da, y
yo la cojo como puedo. El número es el 427. –Es la cuarta planta, cariño, del edificio que está a la derecha cuando sales de aquí. Es el de las
chicas.
– Bueno... pues muchísimas gracias por todo, de verdad. Le
estoy muy agradecida. – le dedico una sonrisa sincera y echo a andar hacia la
puerta del edificio, para irme ya a mi habitación. Marina me pone una mano en
la espalda y me giro hacia ella.
– De nada, bonita – me dice. – Y oye... puedes tutearme. – me mira con ojos comprensivos. Es
buena persona. Yo asiento y me despido, agradecida, con un gesto de la cabeza.
Salgo del edificio, más tranquila
que cuando entré en él. La luz del sol de septiembre baña todo el paisaje, y
una sensación de calidez me recorre el cuerpo.
Cojo aire y lo retengo varios
segundos en mis pulmones. Lo suelto lentamente y una sensación de serenidad me
recorre el cuerpo. Y no sé si será por la amabilidad y la alegría contagiosa de
Marina, o si es porque tengo el estómago lleno... pero tengo una buena
sensación en el cuerpo.
Creo que este va a ser un gran
año.
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