viernes, 8 de enero de 2016

Capítulo Cuatro

Definitivamente, era imposible que me quedara dormida. 

Al menos hoy, que es el primer día de clase.

No he pegado ojo en toda la noche de lo nerviosa que estaba. Con la edad que tengo, me gustaría poder ser capaz de controlar este tipo de cosas, pero no hay manera. A las siete ya estaba harta de dar vueltas en la cama, así que me he levantado y he intentado hacerme un peinado bonito. Al final he acabado recogiéndome el pelo en una cola alta y dejando algunos mechones sueltos. También he intentado ver amanecer, pero resulta que el sol sale por el lado opuesto al que se ve por mi ventana, así que al final me he quedado con las ganas.

A las siete menos cuarto justas, salgo de mi habitación para bajar a desayunar. Quiero que me dé tiempo a volver a subir para lavarme los dientes y coger mi mochila, así que me doy prisa.

Entro en el edificio del instituto y giro hacia la derecha. Veo que el mostrador de Marina está abierto, así que me asomo hacia dentro y la veo rebuscando en unos cajones.

− Buenos días, Marina − le digo. Ella levanta la vista y sonríe ampliamente cuando me ve. Hoy lleva el pelo recogido en un moño alto, y lleva puesta una camisa de tirantes en tonos morados con detalles plateados. Guau.

− ¡Hola, hola, querida! − dice muy alegremente mientras hace exagerados aspavientos con las manos. Me pregunto de dónde sacará las fuerzas para tener tanta energía a estas horas de la mañana − Que tengas un buen día. ¡Y mucha suerte!

− Gracias, en serio − le digo. «La voy a necesitar».

Bajo al comedor y cojo una bandeja. Ahora sí que hay gente... Se ve que ayer por la tarde llegaron muchos más alumnos, porque casi todas las sillas están ocupadas. En el mostrador están las mismas dos señoras que había ayer, y a una le pido un café y a la otra unas tostadas con mantequilla.

Me siento en una mesa en la que hay una única silla libre. El resto están ocupadas por niños de unos trece años que hablan de no sé qué juego de coches de alguna consola. No parecen darse cuenta de que en breve tienen que estar en clase, porque se están comiendo su desayuno como si no tuvieran nada más que hacer durante el resto de día.

Yo termino rápido, y para las ocho y diez ya estoy en mi habitación. Me aseo apresuradamente, cojo mi mochila y bajo de nuevo. Cuando llego al instituto esta vez, hay muchísima gente haciendo piña en la puerta. Por lo visto, acaban de colgar unas listas junto a la puerta de entrada en las que pone el aula a la que tienes que dirigirte dependiendo del curso.

A duras penas, consigo llegar hasta el corcho en el que están las listas. Veo un folio en el que pone «Segundo de Bachillerato de Ciencias de la Salud», y busco mi nombre en él. Como era de esperar, estoy la lista. Aula 322.

Salgo de entre la multitud como buenamente puedo y me meto en el edificio. El mostrador que está justo frente a la entrada, que ayer estaba cerrado y que es el de la conserjería, ya está abierto, y dentro hay un hombre muy grande  y calvo con los brazos cruzados sobre el pecho y la expresión seria. Tiene cara de no ser de aquí, pero no sé si es una mera impresión mía o es que lo es de verdad.

Subo las escaleras que hay a la derecha del mostrador junto a otros alumnos. La mayoría se quedan en la primera o en la segunda planta, pero yo sigo hasta la tercera. Una vez allí, avanzo por el pasillo en busca del aula 322. La encuentro a mano derecha, casi al fondo, y entro.

En la clase apenas hay gente. Las mesas están repartidas en tres columnas de dos mesas cada una, y en la mayoría de ellas ya hay libretas, estuches o pertenencias de la gente que ha ido llegando antes que yo, así que busco alguna que no tenga nada encima. En la columna del medio, en la segunda fila, hay una muchacha sentada sola en la mesa de la izquierda. Tiene la barbilla apoyada en una mano, mientras que con la otra dibuja garabatos en una agenda. Parece aburrida... a lo mejor no le importa que me siente con ella.

Me acerco hasta el pupitre que hay junto al suyo y carraspeo antes de hablar.

− Perdona − le digo. Ella sale de su ensimismamiento y me mira sorprendida, como si hubiese interrumpido un profundo pensamiento − ¿Te importa si me siento aquí?

Al principio parece que no me entiende. Al mirarle a los ojos me doy cuenta de que la pobre está muerta de sueño. Veo que no soy la única que lo pasa mal el primer día de clase.

− Sí, claro − responde finalmente mientras se incorpora en su silla. Me sonríe tímidamente  − Yo soy Lara. ¿Y tú?

− Yo me llamo Cleo − le digo. − Encantada.

Le sonrío. Es muy guapa. Tiene los ojos verdes y el pelo castaño y largo, rizado. Es más delgada y más pequeña que yo en estatura; de hecho, está sentada con las piernas cruzadas sobre la silla, algo que es casi imposible para mí.

− Tú has entrado nueva este año, ¿verdad? − me pregunta.

− Sí. De hecho, llegué ayer. −le digo. − ¿Tú cuánto tiempo llevas aquí?

− Este es el segundo año. Estuve buscando institutos que prepararan bien a los alumnos de cara a la prueba de acceso a la universidad, y este era el que más cerca me pillaba de donde vive mi familia.

− Vaya − «Qué responsable», pienso − Yo he tenido que venir a la fuerza, digamos. Mis padres han encontrado trabajo en el extranjero y yo me he quedado aquí para seguir estudiando.

«Podría estar buscando tesoros y momias, pero al final me he tenido que quedar aquí para estudiar». Espero de verdad que me compense haberme quedado.

Suena el timbre que da comienzo a las clases. Miro mi reloj: las ocho y media. Poco a poco, la gente va entrando en el aula. No me suena la cara de nadie a excepción de los dos muchachos que se sientan en la columna de mesas que hay pegadas a las ventanas, en primera fila.

Son Álex y Max. En el asiento de la derecha se sienta Álex, que ni siquiera me ve. Max, por el contrario, se percata de mi presencia cuando se sienta; me mira y mueve levemente la cabeza a modo de saludo.

Una señora entra en la clase y cierra la puerta detrás de ella, y todos se acaban sentando. La mujer es alta y delgada, con el pelo corto y naranja.

− Buenos días − dice −. Yo voy a ser vuestra profesora de Filosofía durante este curso. − Se detiene y espera a que algunos alumnos rezagados terminen de sacar sus cosas. − Como ya sabréis, en la prueba de acceso a la universidad podréis elegir entre examinaros de Filosofía o de Historia, pero eso no quiere decir que por elegir una podáis faltar a las clases de la otra. Una cosa es la Selectividad y otra muy distinta es el Bachillerato.

Madre mía. Los lunes a primera hora Filosofía. Me muero de sueño.

La profesora dedica la hora a explicarnos cómo ha planificado el curso: que si va a empezar por unos autores y que luego va a seguir con otros, que a la hora de examinarnos lo va a hacer como nos van a examinar en la prueba de acceso... Uf.

−A ver... − dice la profesora − Si no me equivoco, veo un par de caras nuevas por aquí. −  Coge la lista en busca, seguramente, de algún nombre que no le suene.

Oh, no. Espero que no me pida que me presente. Odio hablar delante de la gente. Me quedo en blanco y se me olvida hasta cómo me llamo.

Desafortunadamente, la profesora no repara en la expresión de angustia que tengo en la cara.

− ¿Cleopatra? − dice. Oigo a algún idiota intentar contener una risa al fondo de la clase. − ¿Quién es Cleopatra?

Intervengo antes de que me llame una tercera vez.

− Yo − digo mientras levanto la mano. − Soy yo. Pero me gusta más que me llamen Cleo, si puede ser.

La profesora me mira y luego saca un bolígrafo de su bolso. Le quita el tapón con la boca.
− Estupendo... − dice mientras tacha algo de la lista (supongo que el resto de mi nombre). − Pues bienvenida, Cleo.

− Gracias − digo.

La profesora llama a un par de muchachas más, y yo mientras tanto intento que mi cara recupere su color habitual (en vez de el rojo casi fosforito que tengo ahora). Álex se da la vuelta y mira en diagonal hacia donde estamos mi compañera y yo. Se agacha un poco y se tapa la cara con la mano para que la profesora no lo vea.

− Hola − me dice, susurrando. Mira a Lara −, y hola, Lara. ¿Qué tal el verano?

Lara le sonríe amablemente y levanta los pulgares.

− Vosotros − interviene la profesora. − A callar.

Álex se gira en su asiento y mira hacia delante. Max se le acerca para comentarle algo, y no puedo evitar fijarme en él. Tiene los ojos y la boca grandes, y su nariz tiene unas proporciones perfectas, de manera que ni es muy pequeña, ni resalta excesivamente. Se nota que es algo mayor que Lara y que yo, por ejemplo, pero además es de esas personas que tienen una constitución grande; a mí me saca más de una cabeza, y eso que yo mido casi un metro setenta.
Permanezco un par de minutos absorta, mirándolo, cuando de repente él me ve de reojo y se da cuenta de mi falta de discreción. Al instante, miro para otro lado e intento disimular, pero creo que me ha pillado de pleno.

Tengo que aprender a ser un poco más discreta.




El resto de la mañana transcurre con un ritmo más o menos rápido. El profesor de Matemáticas llega puntual y pasa de presentaciones: comienza con el temario directamente. A mí me pilla un poco desprevenida e intento cogerle el ritmo para no perderme desde el primer día.

El profesor de Historia resulta ser un hombre pequeño y delgado, y por lo que Lara me ha estado comentando, imparte la asignatura de una manera muy peculiar que hace que las clases se vuelvan más interesantes. Dice que saca los trapos sucios de los antiguos reyes y reinas, y que luego en el examen es más fácil acordarse de todos ellos.

En la media hora que nos dan de descanso, Lara me enseña las instalaciones del instituto: en la tercera planta está el laboratorio de Química, y en la segunda, el de Biología. En la primera planta hay una biblioteca, y al fondo del pasillo hay unas puertas dobles tras las que se encuentran el despacho de la Jefa de estudios, la sala de castigados y la sala de profesores entre otras.

A cuarta hora tenemos Biología. Tenemos que ir al laboratorio, donde nos sentamos en grupos de seis alrededor de mesas rectangulares y miramos hacia la pizarra. Lara está integrada en un grupo de amigas con el que se pone para hacer los trabajos que le mandan a lo largo del curso, y las chicas resultan ser bastante simpáticas. Me incluyen en su grupo y me siento en la mesa con ellas.

La profesora de Biología es una persona, cuanto menos, peculiar. Se viste con ropas muy llamativas, y en todo momento aprovecha para contar alguna experiencia de su etapa estudiantil relacionada (la mayoría de las veces) con el tema que estamos dando. Por lo poco que explica en la clase de hoy, se nota que le gusta lo que enseña, y eso se agradece a la hora de transmitir conceptos.

La siguiente asignatura que tengo hoy es Ciencias de la Tierra y el Medioambiente (o para acortar, CTMA). El profesor viene al laboratorio, por lo que no hace falta que nos movamos del sitio. La mala noticia es que vamos a comenzar el temario por la parte de Geología (odio la Geología). Lo bueno es que al profesor parece encantarle, y hace que la clase sea muy dinámica; a cada roca nueva que enseña, se acerca a un armario que hay pegado a una de las paredes del aula y saca una muestra de la misma, que va pasando de mesa en mesa.

En esta asignatura, gran parte de los alumnos (entre ellos, Max y Álex) se van al laboratorio de Física. Se podía escoger entre una de las dos asignaturas, y he de admitir que si las Matemáticas me resultan difíciles, la Física es ya otro nivel. Cuando solía estudiarla, no sólo se me daban fatal los cálculos, sino que todo lo que hacía carecía de sentido (por ejemplo: el valor «tiempo» me salía negativo el 90% de las veces... lo cual creo que es imposible, ya que a día de hoy todavía no se ha inventado la máquina del tiempo).

Ya por último, volvemos al aula en la que estuvimos esta mañana para dar Lengua y Literatura. Realmente no puedo decir que este año me guste ninguna de las asignaturas que tengo que aprender. Son todas horribles.

Sin embargo, en esta clase presto atención. Y no es porque me interese especialmente la materia... sino por el profesor. Es Alberto Arguizo, el amigo de mis padres: el que consiguió que los contrataran para la expedición en la que están ahora. Lo reconozco porque he visto su cara en varios álbumes de fotos en mi casa. De hecho, juraría que alguna vez han venido él y su esposa a mi casa a comer.

La clase termina antes de lo previsto: el profesor nos da una lista de libros que vamos a tener que leer durante el curso y nos explica cómo va a plantear la asignatura. A las dos y media de la tarde, nos da permiso para que nos vayamos.

Yo le digo a Lara que me espere en el comedor y decido acercarme al profesor para ver si realmente es quien creo que es.

− Hola − le digo. − Yo soy Cleo.

− Por supuesto − me dice mientras sonríe. Se pone de pie y me tiende la mano. Yo se la estrecho, y me parece un saludo apropiado teniendo en cuenta que nuestra relación aquí debe limitarse a la de alumna y profesor. − ¿Qué tal estás? La última vez que te vi eras una niña.

− Ha pasado mucho tiempo, sí − le respondo. Me es inevitable devolverle la sonrisa. Tiene una expresión muy risueña, y tiene cara de buena persona. Físicamente, tiene los ojos de color marrón oscuro y el pelo canoso. Sus rasgos son redondeados, lo cual le otorga desde un primer momento una apariencia amable y bondadosa. − De momento me va bien, gracias. A ver qué tal me adapto a esta nueva etapa.

− Ya verás como se te va a dar genial. ¿Qué tal tus padres? ¿Has podido hablar con ellos? − dice.

− Pues la verdad es que no − le respondo, sinceramente triste. − Ayer intenté llamarlos desde mi móvil y conseguí decirles que había llegado bien, pero se escuchaba fatal.

− Por eso no hay problema − dice, intentando animarme. −. La próxima vez que quieras hablar con ellos, ve a secretaría y dile a Marina que te deje usar el teléfono fijo. A ella no le importa, y seguro que puedes hablar con ellos con menos dificultad que desde tu móvil.

−Vaya... muchísimas gracias, en serio. Pero, ¿seguro que no hay problema? − a ver si ahora van a despedir a la pobre mujer por hacer llamadas al extranjero.

− De verdad que no − dice. − Bueno. Este curso va a ser complicado, no te voy a mentir, pero sé que serás capaz de sacarlo adelante.

Agradezco su sinceridad.

−Intentaré hacer lo que pueda. De nuevo, gracias por todo − le digo. Me mira a los ojos, con gesto amable, pero parece que está viendo mucho más allá. Al mirarle a la cara, recuerdo tiempos pasados, momentos de mi infancia que hasta hace unos segundos ya no existían en mi memoria. Me viene a la cabeza en concreto una imagen de un almuerzo, sentada al sol con mis padres y con él en un chiringuito en la playa. Hace tanto tiempo de aquello... Ojalá pudiese repetirse pronto algo parecido.

− Bueno − dice. − Creo que es hora de almorzar algo.

− Sí − respondo mientras me dirijo con él hacia la puerta. − A ver qué toca hoy de comer.



Toca pescado.




Odio el pescado.