viernes, 8 de enero de 2016

Capítulo Cuatro

Definitivamente, era imposible que me quedara dormida. 

Al menos hoy, que es el primer día de clase.

No he pegado ojo en toda la noche de lo nerviosa que estaba. Con la edad que tengo, me gustaría poder ser capaz de controlar este tipo de cosas, pero no hay manera. A las siete ya estaba harta de dar vueltas en la cama, así que me he levantado y he intentado hacerme un peinado bonito. Al final he acabado recogiéndome el pelo en una cola alta y dejando algunos mechones sueltos. También he intentado ver amanecer, pero resulta que el sol sale por el lado opuesto al que se ve por mi ventana, así que al final me he quedado con las ganas.

A las siete menos cuarto justas, salgo de mi habitación para bajar a desayunar. Quiero que me dé tiempo a volver a subir para lavarme los dientes y coger mi mochila, así que me doy prisa.

Entro en el edificio del instituto y giro hacia la derecha. Veo que el mostrador de Marina está abierto, así que me asomo hacia dentro y la veo rebuscando en unos cajones.

− Buenos días, Marina − le digo. Ella levanta la vista y sonríe ampliamente cuando me ve. Hoy lleva el pelo recogido en un moño alto, y lleva puesta una camisa de tirantes en tonos morados con detalles plateados. Guau.

− ¡Hola, hola, querida! − dice muy alegremente mientras hace exagerados aspavientos con las manos. Me pregunto de dónde sacará las fuerzas para tener tanta energía a estas horas de la mañana − Que tengas un buen día. ¡Y mucha suerte!

− Gracias, en serio − le digo. «La voy a necesitar».

Bajo al comedor y cojo una bandeja. Ahora sí que hay gente... Se ve que ayer por la tarde llegaron muchos más alumnos, porque casi todas las sillas están ocupadas. En el mostrador están las mismas dos señoras que había ayer, y a una le pido un café y a la otra unas tostadas con mantequilla.

Me siento en una mesa en la que hay una única silla libre. El resto están ocupadas por niños de unos trece años que hablan de no sé qué juego de coches de alguna consola. No parecen darse cuenta de que en breve tienen que estar en clase, porque se están comiendo su desayuno como si no tuvieran nada más que hacer durante el resto de día.

Yo termino rápido, y para las ocho y diez ya estoy en mi habitación. Me aseo apresuradamente, cojo mi mochila y bajo de nuevo. Cuando llego al instituto esta vez, hay muchísima gente haciendo piña en la puerta. Por lo visto, acaban de colgar unas listas junto a la puerta de entrada en las que pone el aula a la que tienes que dirigirte dependiendo del curso.

A duras penas, consigo llegar hasta el corcho en el que están las listas. Veo un folio en el que pone «Segundo de Bachillerato de Ciencias de la Salud», y busco mi nombre en él. Como era de esperar, estoy la lista. Aula 322.

Salgo de entre la multitud como buenamente puedo y me meto en el edificio. El mostrador que está justo frente a la entrada, que ayer estaba cerrado y que es el de la conserjería, ya está abierto, y dentro hay un hombre muy grande  y calvo con los brazos cruzados sobre el pecho y la expresión seria. Tiene cara de no ser de aquí, pero no sé si es una mera impresión mía o es que lo es de verdad.

Subo las escaleras que hay a la derecha del mostrador junto a otros alumnos. La mayoría se quedan en la primera o en la segunda planta, pero yo sigo hasta la tercera. Una vez allí, avanzo por el pasillo en busca del aula 322. La encuentro a mano derecha, casi al fondo, y entro.

En la clase apenas hay gente. Las mesas están repartidas en tres columnas de dos mesas cada una, y en la mayoría de ellas ya hay libretas, estuches o pertenencias de la gente que ha ido llegando antes que yo, así que busco alguna que no tenga nada encima. En la columna del medio, en la segunda fila, hay una muchacha sentada sola en la mesa de la izquierda. Tiene la barbilla apoyada en una mano, mientras que con la otra dibuja garabatos en una agenda. Parece aburrida... a lo mejor no le importa que me siente con ella.

Me acerco hasta el pupitre que hay junto al suyo y carraspeo antes de hablar.

− Perdona − le digo. Ella sale de su ensimismamiento y me mira sorprendida, como si hubiese interrumpido un profundo pensamiento − ¿Te importa si me siento aquí?

Al principio parece que no me entiende. Al mirarle a los ojos me doy cuenta de que la pobre está muerta de sueño. Veo que no soy la única que lo pasa mal el primer día de clase.

− Sí, claro − responde finalmente mientras se incorpora en su silla. Me sonríe tímidamente  − Yo soy Lara. ¿Y tú?

− Yo me llamo Cleo − le digo. − Encantada.

Le sonrío. Es muy guapa. Tiene los ojos verdes y el pelo castaño y largo, rizado. Es más delgada y más pequeña que yo en estatura; de hecho, está sentada con las piernas cruzadas sobre la silla, algo que es casi imposible para mí.

− Tú has entrado nueva este año, ¿verdad? − me pregunta.

− Sí. De hecho, llegué ayer. −le digo. − ¿Tú cuánto tiempo llevas aquí?

− Este es el segundo año. Estuve buscando institutos que prepararan bien a los alumnos de cara a la prueba de acceso a la universidad, y este era el que más cerca me pillaba de donde vive mi familia.

− Vaya − «Qué responsable», pienso − Yo he tenido que venir a la fuerza, digamos. Mis padres han encontrado trabajo en el extranjero y yo me he quedado aquí para seguir estudiando.

«Podría estar buscando tesoros y momias, pero al final me he tenido que quedar aquí para estudiar». Espero de verdad que me compense haberme quedado.

Suena el timbre que da comienzo a las clases. Miro mi reloj: las ocho y media. Poco a poco, la gente va entrando en el aula. No me suena la cara de nadie a excepción de los dos muchachos que se sientan en la columna de mesas que hay pegadas a las ventanas, en primera fila.

Son Álex y Max. En el asiento de la derecha se sienta Álex, que ni siquiera me ve. Max, por el contrario, se percata de mi presencia cuando se sienta; me mira y mueve levemente la cabeza a modo de saludo.

Una señora entra en la clase y cierra la puerta detrás de ella, y todos se acaban sentando. La mujer es alta y delgada, con el pelo corto y naranja.

− Buenos días − dice −. Yo voy a ser vuestra profesora de Filosofía durante este curso. − Se detiene y espera a que algunos alumnos rezagados terminen de sacar sus cosas. − Como ya sabréis, en la prueba de acceso a la universidad podréis elegir entre examinaros de Filosofía o de Historia, pero eso no quiere decir que por elegir una podáis faltar a las clases de la otra. Una cosa es la Selectividad y otra muy distinta es el Bachillerato.

Madre mía. Los lunes a primera hora Filosofía. Me muero de sueño.

La profesora dedica la hora a explicarnos cómo ha planificado el curso: que si va a empezar por unos autores y que luego va a seguir con otros, que a la hora de examinarnos lo va a hacer como nos van a examinar en la prueba de acceso... Uf.

−A ver... − dice la profesora − Si no me equivoco, veo un par de caras nuevas por aquí. −  Coge la lista en busca, seguramente, de algún nombre que no le suene.

Oh, no. Espero que no me pida que me presente. Odio hablar delante de la gente. Me quedo en blanco y se me olvida hasta cómo me llamo.

Desafortunadamente, la profesora no repara en la expresión de angustia que tengo en la cara.

− ¿Cleopatra? − dice. Oigo a algún idiota intentar contener una risa al fondo de la clase. − ¿Quién es Cleopatra?

Intervengo antes de que me llame una tercera vez.

− Yo − digo mientras levanto la mano. − Soy yo. Pero me gusta más que me llamen Cleo, si puede ser.

La profesora me mira y luego saca un bolígrafo de su bolso. Le quita el tapón con la boca.
− Estupendo... − dice mientras tacha algo de la lista (supongo que el resto de mi nombre). − Pues bienvenida, Cleo.

− Gracias − digo.

La profesora llama a un par de muchachas más, y yo mientras tanto intento que mi cara recupere su color habitual (en vez de el rojo casi fosforito que tengo ahora). Álex se da la vuelta y mira en diagonal hacia donde estamos mi compañera y yo. Se agacha un poco y se tapa la cara con la mano para que la profesora no lo vea.

− Hola − me dice, susurrando. Mira a Lara −, y hola, Lara. ¿Qué tal el verano?

Lara le sonríe amablemente y levanta los pulgares.

− Vosotros − interviene la profesora. − A callar.

Álex se gira en su asiento y mira hacia delante. Max se le acerca para comentarle algo, y no puedo evitar fijarme en él. Tiene los ojos y la boca grandes, y su nariz tiene unas proporciones perfectas, de manera que ni es muy pequeña, ni resalta excesivamente. Se nota que es algo mayor que Lara y que yo, por ejemplo, pero además es de esas personas que tienen una constitución grande; a mí me saca más de una cabeza, y eso que yo mido casi un metro setenta.
Permanezco un par de minutos absorta, mirándolo, cuando de repente él me ve de reojo y se da cuenta de mi falta de discreción. Al instante, miro para otro lado e intento disimular, pero creo que me ha pillado de pleno.

Tengo que aprender a ser un poco más discreta.




El resto de la mañana transcurre con un ritmo más o menos rápido. El profesor de Matemáticas llega puntual y pasa de presentaciones: comienza con el temario directamente. A mí me pilla un poco desprevenida e intento cogerle el ritmo para no perderme desde el primer día.

El profesor de Historia resulta ser un hombre pequeño y delgado, y por lo que Lara me ha estado comentando, imparte la asignatura de una manera muy peculiar que hace que las clases se vuelvan más interesantes. Dice que saca los trapos sucios de los antiguos reyes y reinas, y que luego en el examen es más fácil acordarse de todos ellos.

En la media hora que nos dan de descanso, Lara me enseña las instalaciones del instituto: en la tercera planta está el laboratorio de Química, y en la segunda, el de Biología. En la primera planta hay una biblioteca, y al fondo del pasillo hay unas puertas dobles tras las que se encuentran el despacho de la Jefa de estudios, la sala de castigados y la sala de profesores entre otras.

A cuarta hora tenemos Biología. Tenemos que ir al laboratorio, donde nos sentamos en grupos de seis alrededor de mesas rectangulares y miramos hacia la pizarra. Lara está integrada en un grupo de amigas con el que se pone para hacer los trabajos que le mandan a lo largo del curso, y las chicas resultan ser bastante simpáticas. Me incluyen en su grupo y me siento en la mesa con ellas.

La profesora de Biología es una persona, cuanto menos, peculiar. Se viste con ropas muy llamativas, y en todo momento aprovecha para contar alguna experiencia de su etapa estudiantil relacionada (la mayoría de las veces) con el tema que estamos dando. Por lo poco que explica en la clase de hoy, se nota que le gusta lo que enseña, y eso se agradece a la hora de transmitir conceptos.

La siguiente asignatura que tengo hoy es Ciencias de la Tierra y el Medioambiente (o para acortar, CTMA). El profesor viene al laboratorio, por lo que no hace falta que nos movamos del sitio. La mala noticia es que vamos a comenzar el temario por la parte de Geología (odio la Geología). Lo bueno es que al profesor parece encantarle, y hace que la clase sea muy dinámica; a cada roca nueva que enseña, se acerca a un armario que hay pegado a una de las paredes del aula y saca una muestra de la misma, que va pasando de mesa en mesa.

En esta asignatura, gran parte de los alumnos (entre ellos, Max y Álex) se van al laboratorio de Física. Se podía escoger entre una de las dos asignaturas, y he de admitir que si las Matemáticas me resultan difíciles, la Física es ya otro nivel. Cuando solía estudiarla, no sólo se me daban fatal los cálculos, sino que todo lo que hacía carecía de sentido (por ejemplo: el valor «tiempo» me salía negativo el 90% de las veces... lo cual creo que es imposible, ya que a día de hoy todavía no se ha inventado la máquina del tiempo).

Ya por último, volvemos al aula en la que estuvimos esta mañana para dar Lengua y Literatura. Realmente no puedo decir que este año me guste ninguna de las asignaturas que tengo que aprender. Son todas horribles.

Sin embargo, en esta clase presto atención. Y no es porque me interese especialmente la materia... sino por el profesor. Es Alberto Arguizo, el amigo de mis padres: el que consiguió que los contrataran para la expedición en la que están ahora. Lo reconozco porque he visto su cara en varios álbumes de fotos en mi casa. De hecho, juraría que alguna vez han venido él y su esposa a mi casa a comer.

La clase termina antes de lo previsto: el profesor nos da una lista de libros que vamos a tener que leer durante el curso y nos explica cómo va a plantear la asignatura. A las dos y media de la tarde, nos da permiso para que nos vayamos.

Yo le digo a Lara que me espere en el comedor y decido acercarme al profesor para ver si realmente es quien creo que es.

− Hola − le digo. − Yo soy Cleo.

− Por supuesto − me dice mientras sonríe. Se pone de pie y me tiende la mano. Yo se la estrecho, y me parece un saludo apropiado teniendo en cuenta que nuestra relación aquí debe limitarse a la de alumna y profesor. − ¿Qué tal estás? La última vez que te vi eras una niña.

− Ha pasado mucho tiempo, sí − le respondo. Me es inevitable devolverle la sonrisa. Tiene una expresión muy risueña, y tiene cara de buena persona. Físicamente, tiene los ojos de color marrón oscuro y el pelo canoso. Sus rasgos son redondeados, lo cual le otorga desde un primer momento una apariencia amable y bondadosa. − De momento me va bien, gracias. A ver qué tal me adapto a esta nueva etapa.

− Ya verás como se te va a dar genial. ¿Qué tal tus padres? ¿Has podido hablar con ellos? − dice.

− Pues la verdad es que no − le respondo, sinceramente triste. − Ayer intenté llamarlos desde mi móvil y conseguí decirles que había llegado bien, pero se escuchaba fatal.

− Por eso no hay problema − dice, intentando animarme. −. La próxima vez que quieras hablar con ellos, ve a secretaría y dile a Marina que te deje usar el teléfono fijo. A ella no le importa, y seguro que puedes hablar con ellos con menos dificultad que desde tu móvil.

−Vaya... muchísimas gracias, en serio. Pero, ¿seguro que no hay problema? − a ver si ahora van a despedir a la pobre mujer por hacer llamadas al extranjero.

− De verdad que no − dice. − Bueno. Este curso va a ser complicado, no te voy a mentir, pero sé que serás capaz de sacarlo adelante.

Agradezco su sinceridad.

−Intentaré hacer lo que pueda. De nuevo, gracias por todo − le digo. Me mira a los ojos, con gesto amable, pero parece que está viendo mucho más allá. Al mirarle a la cara, recuerdo tiempos pasados, momentos de mi infancia que hasta hace unos segundos ya no existían en mi memoria. Me viene a la cabeza en concreto una imagen de un almuerzo, sentada al sol con mis padres y con él en un chiringuito en la playa. Hace tanto tiempo de aquello... Ojalá pudiese repetirse pronto algo parecido.

− Bueno − dice. − Creo que es hora de almorzar algo.

− Sí − respondo mientras me dirijo con él hacia la puerta. − A ver qué toca hoy de comer.



Toca pescado.




Odio el pescado.

martes, 5 de enero de 2016

Capítulo Tres

La puerta es muy vieja, y no me supone ningún esfuerzo abrirla. En cuanto la empujo un poco, se abre sola. Y cuando veo lo que hay en el interior, entiendo dónde estoy.

La edificación es una especie de capilla. La puerta está en una pared lateral, situada cerca de la esquina que forman esa pared y la pared posterior. Así que al mirar hacia mi derecha, me encuentro dos filas de tres bancos cada una frente a un pequeño altar de mármol. Pero lo más increíble de todo y lo que más llama la atención es una preciosa y antiquísima vidriera detrás del altar. Algunos rayos de sol se cuelan a través de ella e inundan la sala de miles de colores. Se puede ver el polvo flotando por todas partes. Me siento como si estuviese en un sitio secreto, mágico. Es como si el tiempo se hubiese detenido.

Doy algunos pasos dirigiéndome hacia los bancos. El suelo, de madera, está astillado y cruje bajo mis pies. La humedad y el paso del tiempo lo habrán ido deteriorando hasta llegar a este punto. Miro hacia el techo y veo las vigas de madera, también astilladas. Por algunos huecos se pueden ver los árboles de fuera.

Sigo andando y avanzo entre las dos filas de bancos. Están barnizados, pero también se han deteriorado con el paso del tiempo. Justo antes de llegar al altar hay dos escalones. Los subo y rodeo la pequeña mesa de mármol, que está cubierta por una capa considerable de polvo.

Y llego a la vidriera. Vista de cerca es aún más impresionante. Los trozos de cristal se unen para formar un dibujo muy bonito: es la silueta de una muchacha (supongo que una virgen) arrodillada, de perfil, sosteniendo algo entre las manos. La cara no tiene los rasgos definidos: ni siquiera tiene ojos. Pero tiene la cabeza inclinada hacia lo que parece ser una flor o algo así que sostiene con sus manos, tampoco bien definidas.

Puede que a simple vista parezca un dibujo tosco o simple, pero lo cierto es que el montón de colores distintos que se funden en el mosaico junto con la luz del sol hacen que este sitio sea único.

Levanto la mano y toco uno de los cientos de cristales. Alrededor de la silueta de la mujer, la mayoría son de color azul marino, pero hacia los extremos de la vidriera también hay cristales de color verde claro, amarillo y rojo. Es precioso.

De  pronto, oigo un crujido a mi espalda. Salgo de mi ensimismamiento y me giro para ver qué ha podido causar el ruido. ¿Un animal? No creo que una ardilla pese lo suficiente como para hacer crujir el suelo. Me fijo en que al fondo de la capilla, justo frente al altar, hay un mueble de madera grande, como un biombo. Creo que es un confesionario, y me parece que el ruido ha venido de allí.

Otra vez. Vuelvo a oír el ruido. Ahora tengo claro que lo que ha crujido es una tabla del suelo, y que lo que sea que hay detrás del confesionario debe pesar bastante. ¿Será una persona? Pero, si hay alguien aquí, ¿por qué no ha salido de su escondite cuando me ha oído llegar? ¿Por qué se esconde?

Me está empezando a entrar un poco de miedo, así que decido salir de aquí lo antes posible. Pero para salir por la puerta, tengo que pasar por delante del mueble de madera. Espero que lo que quiera que haya escondido no sea peligroso y salga para atacarme o algo. Si me pasa cualquier cosa, no tengo ni el móvil encima. Si me muero, para cuando encuentren mi cuerpo seguro que ya ni se me reconoce.

Vale. Ahora sí que estoy nerviosa. Bueno, vamos a ver... voy a andar muy despacio hasta la salida, para que lo que quiera que haya ahí detrás no me oiga. Y cuando ya esté fuera, salgo pitando. Bien.

Rodeo el altar, esta vez en dirección a la puerta. Bajo los escalones y camino con cuidado entre los bancos. Ya casi estoy... creo que con cinco pasos que dé, puedo salir. Pero vuelvo a oír el crujido, y me quedo paralizada a escasos metros del mueble. Por favor, que no me haga daño, que no me haga daño...

Noto que me empiezan a temblar las rodillas cuando, de pronto, del confesionario sale un perrito. ¡Un perro! Es un precioso cachorrito lleno de rizos castaños desde la cabeza hasta la cola, incluyendo las patitas. No puedo evitar soltar un «Oh» (de alivio, en gran parte) al ver lo tierno que es.

El animal me observa desde su sitio con la mirada asustada, y lloriquea un poco. Yo no dudo en agacharme y tenderle una mano para que venga a olerla. A los pocos segundos, el perrito se anima y se acerca despacio, con la cabeza agachada pero moviendo la cola. Al minuto ya lo tengo olisqueándome la mano, estudiándome, y no puedo evitar acariciarle un poco la cabeza. Al principio se asusta y retrocede, pero luego vuelve hasta donde estoy y me mira, juguetón.

Yo (abusando bastante de la poca confianza que me ha brindado el animal), extiendo el brazo y lo cojo. El cachorrillo, inocente, no opone resistencia, y empieza a mover su cola con energía. Yo me siento en el suelo y lo cojo entre mis brazos. Lo acaricio y él hace el intento de lamerme la cara, pero eso ya no me hace tanta gracia.

Sigo acariciándolo cuando, de pronto, escucho unos ruidos ajenos a nosotros. Son susurros, procedentes del confesionario, de donde ha venido el cachorro.

«¿Dónde está?»

«¿No lo tenías tú?»

«No, pensaba que lo habías cogido tú»

Una breve pausa.

«Mierda»

Tras varios segundos de silencio, el suelo de madera comienza a crujir, y de detrás del confesionario salen dos muchachos más o menos de mi misma edad. El primero tiene el pelo negro y los ojos claros; es delgado y alto, de piel clara. El segundo es más alto y tiene el pelo rizado y castaño, del mismo color que sus ojos. Es más moreno y corpulento, y me mira con ojos curiosos.

Su compañero se limita a mirar el cachorro. Es el primero en hablar.

− Vaya, eh... hola −dice − Veo que te has hecho amiga de Beicon.

Miro al cachorro y me río.

− ¿Le habéis puesto Beicon al perro? − pregunto mientras lo dejo en el suelo y me pongo en pie.

− Le encanta el beicon, así que nos pareció apropiado − sonríe ligeramente. Tiene algunos dientes algo torcidos, pero eso no le resta encanto; es más, es bastante mono. − Yo me llamo Álex, y éste es Max − dice, refiriéndose al muchacho moreno. Éste hace un gesto con la cabeza a modo de saludo. Me mira a los ojos y habla.

− Eres la chica que se ha chocado hoy en la cafetería − apunta.

Noto cómo me voy sonrojando a la velocidad de la luz. Me han visto. Bueno, y quién no.

−Eh... sí. Sí, soy yo. Me llamo Cleo.

Álex interviene.

− Perdónalo − dice −. No está acostumbrado a hablar con chicas, ¿sabes? − y le propina un buen codazo en el abdomen. Max se encoje ligeramente y lo fulmina con la mirada, pero no dice nada. Un chico poco hablador, supongo.

Decido quitarle hierro al asunto y cambiar de tema.

− ¿Es este vuestro refugio secreto? Es precioso, pero está un poco escondido.

− Sí − dice Álex. − El caso es que no está permitido venir hasta aquí.

− ¿En serio? ¿Y qué hacéis aquí vosotros, entonces? − reprimo una sonrisa. Si su intención era preocuparme, no lo ha conseguido.

− Bueno... Digamos que llevar aquí casi diez años te otorga ciertos privilegios.

−Oh −me sorprende la cantidad de tiempo que llevan aquí −. Yo he llegado hoy y quería hacer algunas fotos − señalo la cámara.

− No deberías ir exhibiendo ese tipo de objetos tan alegremente por aquí −dice Max. 

¿Qué le pasa? ¿Es que no sabe ser amable con la gente? No puedo caerle mal con lo poco que hemos hablado hasta el momento.

− Pues tendré más cuidado de ahora en adelante − le respondo lo más secamente que puedo. Él se limita a asentir con la cabeza y se agacha. Chasquea los dedos y llama la atención del perro, que no duda en ir hacia él. Max lo coge y lo acaricia con fruición. A pesar de tener una expresión seria y distante en todo momento, tiene algo que lo hace ser bastante atractivo. Con lo borde que es, ya podría ser feo.

−El chico de la cafetería es Urko, por cierto − comenta Álex para romper el silencio. −Es un gilipollas, pero no se lo digas si no quieres acabar dentro del bidón de basura que hay en la entrada.

Trago saliva. Seguro que hoy he estado cerca de acabar ahí dentro.

−Gracias por el aviso. − Me fijo en que la luz del sol es cada vez más tenue, y decido que es hora de irme. No me gustaría que cayera la noche y me pillara en mitad de este bosque, ni siquiera yendo acompañada por dos chicos. − Esto... Creo que es hora de que me vaya.

− Está bien − dice Álex. − Sólo tienes que ir hacia el norte. ¿Sabrás llegar?

− Claro, claro. El norte. Sí. − «Vamos, que me vaya por donde he venido», pienso, sin tener ni idea de dónde está el norte, el sur o cualquier otra dirección. − Bueno, pues hasta mañana. Un placer haberos conocido −. Les dedico una sonrisa sincera mientras salgo de la capilla y ellos levantan una mano a modo de despedida.

Camino lentamente a través del bosque, disfrutando del entorno. Echo alguna que otra foto más, y cuando llevo alrededor de media hora de caminata, empiezo a escuchar el barullo de la gente hablando.

Cuando paso por la plaza veo a muchísima gente. Muchas personas están en grupos, se abrazan y sonríen, y otros simplemente charlan. También hay gente sola sentada en los bancos, y algunos grupos alrededor de la fuente.

En el porche del edificio de los chicos veo, apoyado en una columna, al tal Urko. Está acompañado por su peculiar grupo de amigos, y rápidamente miro hacia otro lado para evitar que me vea y decida que al final sí que me quiere partir la cara.

Subo las escaleras rápidamente para llegar cuanto antes a mi habitación; tengo ganas de ducharme y tumbarme a leer un rato. Cuando llego a la mi planta, giro a la derecha en dirección a mi cuarto. Hay alguna que otra chica por el pasillo cargada con las maletas, y yo la compadezco sabiendo lo que cuesta cargar con todos los bártulos hasta aquí arriba. Por fin llego a mi habitación; me había dejado la ventana abierta, así que hace fresco dentro.

Decido darme una ducha y miro el baño, repleto de cosa mías: toallas de colores, todo tipo de productos para el pelo, botes nuevos de champú, gel, colonia... No quiero perder ni un segundo más, así que echo la llave en la puerta de mi habitación y me quito la ropa.

El agua tarda un poco en calentarse, pero en seguida se llena el baño de vapor  y se está a gusto dentro (algo bueno tenía que tener que fuese tan pequeño). Me lavo el pelo y me pongo el pijama. En el bolso traía un paquete de bollos que me había comprado por si acaso me entraba hambre en el camino en autobús, así que decido no bajar a cenar y quedarme en el cuarto leyendo.

Antes de dormir, preparo las cosas para mañana: cojo mi mochila y meto una libreta, un estuche y algo de comer para el recreo. También preparo la ropa: escojo una camiseta de rayas horizontales blancas y rojas y unos pantalones vaqueros cortos.  

Lo coloco todo en la silla del escritorio y pongo el despertador a las siete y cuarto. Las normas del internado dicen que el comedor servirá el desayuno desde las 7:45 hasta las 8:15, y que a las 8:30 los alumnos deben estar ya en clase.


Espero no quedarme dormida.

lunes, 4 de enero de 2016

Capítulo Dos

Madre mía. Con lo que habla Marina, en algún momento se le podría haber pasado por la cabeza comentarme que el edificio no tiene ascensor ni montacargas, o algo que me pudiese haber ayudado a subir mi equipaje. Y encima mi habitación está ni más ni menos que en la última planta... ¡y son cuatro! Que se dice pronto cuando no tienes que cargar con dos maletas a pulso hasta arriba del todo. Para cuando llego a mi planta, me da la impresión de que mis pulmones son tres veces más pequeños de lo normal. El ejercicio físico y yo nunca nos hemos llevado bien.

El pasillo es largo y oscuro, no tiene ventanas y está alumbrado por unas lámparas que cuelgan del techo cada dos metros. Su luz es amarilla, muy tenue. La decoración de las paredes tampoco es muy pomposa, que se diga: están cubiertas por un papel de color marrón oscuro que tiene algunos grabados de flores, desgastados por el paso del tiempo. El suelo es de madera, y se extiende a derecha e izquierda. Me fijo en que a mi izquierda, las puertas empiezan por el número 414 y van bajando a números cada vez más pequeños, así que cojo todas mis cosas y me dirijo hacia la derecha.

Mientras avanzo, voy viendo los números de las puertas: los pares quedan a mi izquierda, y los impares, a la derecha, por lo que mi habitación quedará orientada hacia la cancha de baloncesto y el pabellón. Me fijo en algo en lo que no había reparado antes, también: al fondo del pasillo hay una especie de tocador, a modo de decoración. Es tan antiguo que el espejo está lleno de manchas negras y está desconchado por varios sitios. Es una pena; tiempo atrás seguro que fue muy bonito.

Por fin llego a la puerta 427. Me dispongo a abrirla cuando escucho un ruido procedente de una habitación al fondo del pasillo. Una puerta se abre, y de ella sale una chica alta y muy delgada, con el pelo negro y largo recogido en una cola. Cierra su puerta y pasa junto a mí en su camino hacia la escalera.

− Hola − le digo cuando pasa por mi lado, pero ella ni se inmuta. No me devuelve el saludo; es más, es como si no lo hubiese oído siquiera. Y se aleja, con el rostro serio. Desaparece por las escaleras y yo me quedo en silencio. Espero que no todo el mundo sea igual de simpático por aquí.

Afortunadamente, con el paso de los años me he ido volviendo cada vez menos susceptible al comportamiento de la gente, así que no le doy mucha importancia a su arrogancia. Me saco la llave del bolsillo y la meto en la cerradura. La llave gira bien, pero al empujar la puerta tengo que hacer un gran esfuerzo. Es vieja, y parece que las bisagras han dado un poco de sí. A pesar de ello, consigo abrirla del todo y observo lo que va a ser mi hogar durante este curso.

Todos los muebles están hechos de madera. Justo frente a la puerta está la ventana, que es grande y llena la habitación de luz. Bajo la misma, está la cama, de lado, con la cabecera pegada a la pared de mi izquierda; junto a ella hay una mesita de noche. En la pared de la derecha hay un escritorio con una silla y unas estanterías atornilladas a la pared encima del escritorio.

Cojo mis cosas y las meto en la habitación, y me fijo que pegado a la puerta hay un armario empotrado (de hecho, la entrada a la habitación es una especie de pasillito formado por el armario y la pared de la izquierda), y entre el armario empotrado y la pared que está a la derecha cuando entras en la habitación, hay una puerta que da a un minúsculo baño.

Cierro la puerta del cuarto y me quedo de pie, observándolo todo. Me gusta. Las paredes son blancas, y al ser la ventana tan ancha, el cuarto está muy bien alumbrado. Los muebles y el suelo de madera le dan un toque muy acogedor, además.

Me dirijo hacia el baño para ver cómo es por dentro. Al abrir la puerta, choca con el lavabo, que está justo en frente de ésta. Sobre el lavabo hay un espejo; me miro en él, y por primera vez desde que me levanté esta mañana, veo las pintas que llevo. Apenas me maquillo, pero el poco maquillaje que llevaba en los ojos se me ha repartido en todas direcciones gracias a la siesta que me he echado en el autobús, y ahora parezco más un mapache borracho que una muchacha normal.

Y yo me he paseado por ahí con esta cara... El pelo, castaño y muy alborotado, me cae a ambos lados de la cara hasta un poco más abajo de los hombros, y decido recogérmelo en una cola de caballo para que no se vea tan desaliñado. Me gusta llevarlo suelto, pero nunca me lo peino porque se me queda muy feo. Y tras dormir durante horas en el autobús, parece que vengo de haber pasado cuatro días perdida en el bosque.

Eso sí; se ve que ha habido un momento en el que me ha estado dando la luz a través de las ventanas durante el viaje, porque tengo la nariz quemada. Siempre igual... parece un pimiento rojo. Me gusta mi nariz: es chata y está llena de pecas; pero cada vez que me da un poco el sol, se me quema y se me pone colorada durante un día entero.

Me lavo la cara en el lavabo para ver si se me cae la pintura y puedo parecer una persona normal. Cojo una toalla que hay colgada junto al retrete y me seco la cara mientras me fijo en el resto del baño: a la izquierda del lavabo está el váter, y a la derecha, detrás de la puerta, hay un plato de ducha con su mampara. Como ya he dicho, es todo muy pequeño, pero muy acogedor.

Decido no entretenerme más y miro el reloj: son las tres y media. Si me doy prisa, me dará tiempo a pasear por las instalaciones esta tarde. Cojo la maleta más grande y la abro en mitad de la habitación. En ella está toda mi ropa. Abro el armario empotrado; tiene una sola puerta, ya que el cuarto de baño no le deja mucho espacio, pero es suficiente para colgar todo lo que tengo.




Tardo cerca de una hora en colgarlo todo en el armario, bien puesto. Me quedan aún varias cosas por colocar, como un neceser, pinturas de uñas, algo de maquillaje y bisutería. También traigo algunas velas, una plancha para el pelo y algo que para mí es imprescindible: mi cámara de fotos.

Me encanta hacer fotos. Es algo que me relaja profundamente y con lo que disfruto. En verano, suelo ir a la playa a la hora del atardecer y fotografiar el cielo a cada minuto que pasa. Los días en los que no hay niebla, se puede ver África desde el paseo marítimo. Es increíble.

Se me ocurre una idea. Puedo ir esta tarde al bosque que hay dentro de los terrenos del internado y hacer algunas fotos. Lo que más me gusta fotografiar es la naturaleza; seguro que hoy puedo hacer un montón de fotos. Pero antes, tengo que ordenar el cuarto y hacer un par de llamadas.

Detrás de la puerta de la habitación hay un papel plastificado en el que pone que si queremos limpiar, hay productos de limpieza en un armario que hay en el pasillo. Efectivamente, al final del pasillo, junto al tocador, hay una puerta sin cerradura; la abro y dentro hay una escoba, una fregona y varios botes  de limpiacristales. Cojo uno y un trapo y me meto en el cuarto. Al tiempo que voy limpiando los muebles, voy colocando las cosas en su sitio: pongo varias velas en el escritorio, y un par de libros para leer en las estanterías de arriba.

Me subo a la cama para limpiar el poyete de la ventana. Las puertas de ésta son de cristal y madera, y se abren hacia dentro. Tendré que tener cuidado, no vaya a ser que algún día me despierte y me dé un cabezazo. La persiana es  antigua y está hecha de tablillas de madera, y para que se quede enrollada hay que tirar de una cuerda y luego atarla a una alcayata; me recuerda a las típicas ventanas de los pueblos blancos característicos de donde yo soy. Al asomarme a la ventana, veo que alguien me ha dejado un cactus en el poyete. Qué detalle.

Levanto la mirada y el paisaje  me deja sin aliento. Hasta donde me alanza la vista, todo está lleno de árboles; allá donde mire sólo veo sus copas, verde claro, verde oscuro, amarillas algunas. Y al fondo, las montañas delimitando el paisaje. Es asombroso; parece sacado de una película con efectos especiales. Además, hace un día buenísimo, y el sol hace que todo se vea aún más bonito. Si miro hacia abajo, está la cancha de baloncesto y el pabellón deportivo a su derecha. En la pista hay varios muchachos echando un partido, y sentadas en unas gradas que hay pegadas al edificio en el que estoy, hay varias chicas animando.

Ahora tengo que llamar a mis padres para que sepan que estoy ya aquí. Como las llamadas al extranjero salen por un ojo de la cara, mis padres y yo decidimos que hablaríamos una vez en semana para ver que estábamos bien y que todo estaba en orden. Así que cojo el teléfono y marco el número de mi madre.

No lo coge. Pruebo a llamar a mi padre. Él tarda un poco, pero al final responde.

− ¿Hola? ¡¿Hola?! −dice casi chillando. Oigo mucho jaleo a su alrededor, así que intento hablar alto para que me oiga.

− Papá, ¿me oyes? − digo casi chillando.

− ¡Sí, sí! ¿Qué tal, hija? ¿Todo bien?

− Genial, papá. Ya estoy en mi habitación. ¿Vosotros, bien?

− ¡Sí, todo bien, tu madre bien también! − oigo una moto o algo así pasar cerca de donde él está. − ¡Estamos en El Cairo, cariño, por eso hay tanto ruido!

−¡Vale! ¡Pues tened mucho cuidado! − digo. La conversación no puede durar mucho más; no se oye nada, y cualquiera que me oiga chillando de esta manera va a pensar que estoy loca. − Os quiero mucho.

− ¿Qué? −dice mi padre. − ¡Hablamos en otro momento, Cleo! ¡Te queremos!

−Y yo a vosotros  −digo. Y oigo cómo cuelga el teléfono.

Espero que todas las llamadas a mis padres no sean así, porque vaya desastre. No me he enterado de nada, y ellos aún menos. Pero bueno; ya que he hecho la llamada que tenía que hacer, decido no alargar más mi estancia aquí. Cojo mi cámara y me miro por última vez en el espejo. Bueno... aceptable. Tampoco me importa mucho.




Y allá que voy yo con mi cámara colgada al cuello en dirección al instituto. Cuando llego a él, lo rodeo y me dirijo hacia el bosque. Hay algunas personas sentadas al comienzo del mismo, donde crecen los primeros árboles; pero cuando me voy adentrando, voy dejando atrás a la gente, lo cual me extraña. Este sitio es precioso, relajante, tranquilo. ¿Cómo pueden preferir quedarse donde están los edificios y no dar ni un paseo por aquí? Que yo sepa, no está prohibido.

Enseguida enciendo mi cámara y me pongo a echar fotos. Hay flores silvestres que yo nunca había visto; no dudo en fotografiarlas de mil y una formas. Hay un montón de árboles distintos; en el tronco de uno de ellos, donde acaban las raíces, hay una colonia de setas y champiñones marrones con el sombrero enorme. Son muy extrañas, y además nunca había visto tantos juntos.

El sol de la tarde ilumina el bosque y le otorga un aspecto increíble. El suelo está lleno de raíces de todos los tamaños; algunas son gigantes. Supongo que muchos de estos árboles tendrán más de cien años. Sigo avanzando a través de los árboles; puedo llevar unos quince minutos andando, y sigo viendo cosas nuevas a cada paso que doy.

En más de una ocasión escucho ruidos procedentes de las ramas de los árboles, así que me detengo y me siento en una enorme raíz e intento no hacer ruido, a ver si algún animalillo no se da cuenta de que estoy aquí y se atreve a salir de su escondrijo. Me apoyo en el tronco del árbol y cierro los ojos. Respiro hondo y suelto el aire poco a poco. No me creo lo maravilloso que es este momento. Hacía muchísimo tiempo que no entraba en contacto con la naturaleza  de esta manera. Me encanta este sitio.

De pronto, oigo un ruido en un árbol que hay justo frente a mí. ¡Ahí está! Una ardilla. La única vez que había visto una ardilla antes de hoy fue una vez que fui a un parque nacional, así que de verdad me sorprende ver una. El animal recorre una rama muy enclenque que, bajo su peso, cede un poco, y se queda a unos dos metros del suelo.

Me quedo en silencio y me llevo la cámara a la altura de los ojos. Miro por el objetivo y justo cuando la tengo en el punto de mira, me pongo de pie, con la mala suerte de que piso una rama y la ardilla se asusta y huye. A pesar de ello, yo pulso el botón y echo la foto, a ver si saco algo.

Miro la galería de fotos para ver si ha habido suerte, pero por desgracia, no la ha habido. Tan sólo se ve un poco de la cola del animal. Aprieto el zoom para verla un poco más de cerca, pero no se distingue nada. Salió corriendo justo cuando... espera. ¿Qué es esto?

Amplío un poco más a la izquierda de donde estaba la ardilla y veo algo que no se parece en absoluto a un árbol ni a nada que haya visto antes aquí. Levanto la vista y lo busco entre los troncos.

Y lo veo.

Parece ser una casa grande o algo así. Me acerco un poco más y consigo ver que se trata de una pequeña edificación muy antigua. La pared es de piedra, y el techo es de algún material parecido a la paja, pero más grueso y resistente, aunque está deteriorado (seguramente por el paso del tiempo) y se pueden ver algunas vigas de madera.

Desde donde yo estoy veo la parte de atrás y una fachada lateral, en la que hay una antigua puerta de madera. ¿Qué clase de sitio es este? No creo que nadie viva aquí: el edificio se cae a pedazos. Se ve que hace mucho tiempo que se abandonó este lugar, ya que ni siquiera viene en el folleto del recinto.
Pero, si está abandonado, ¿será seguro entrar? Tengo muchas ganas de hacerlo. Soy muy curiosa, y si me fuese ahora, no sé si sabría volver. Y no tengo paciencia como para esperar a hacer amigos para poder venir con ellos aquí, sintiéndome más segura así.

Decido no darle más vueltas al asunto y me dejo guiar por mi espíritu aventurero.


Voy a entrar.

domingo, 3 de enero de 2016

Capítulo Uno

Abro los ojos.

Al principio me siento bastante desorientada, pero pronto me doy cuenta de dónde estoy. Me duele la cabeza de darme cabezazos contra la ventana del autobús. Sabía que no era buena idea quedarse dormida, pero después del madrugón de esta mañana, me ha sido imposible mantener los ojos abiertos.

Intento incorporarme. Me duele el cuello una barbaridad. Empiezo a girar la cabeza hacia los lados para ver si se me va aliviando algo el dolor, y me fijo en el resto del vehículo. Está todo vacío. Sólo quedamos el conductor y yo.

Como llevo varias horas sin decir nada, decido acercarme a él para que sepa que sigo aquí (por si se había olvidado) y me diga si queda mucho para llegar a mi destino. Aunque por lo que veo a través de la ventana, no debe quedar mucho: los árboles y la vegetación de aquí son totalmente distintos a los que estoy acostumbrada a ver donde vivo. Estoy ya muy lejos de mi hogar.

El hombre tendrá unos cincuenta años, pelo canoso y bigote, y va escuchando en la radio las típicas sevillanas que ponía mi abuela en su antiguo coche cuando yo era pequeña e íbamos a comprar.

– Disculpe – le digo.

El pobre hombre da un respingo cuando me oye hablar.

– ¡Ah! Hola, hola. Te has echado una buena siesta, ¿eh?

Me muero de la vergüenza sólo de pensar en la cara que habré puesto mientras dormía.

– Sí, bueno, es un viaje muy largo – digo con cara de disculpa. – Oiga, ¿sabe más o menos cuánto queda para llegar?

En cuanto termino de hacerle la pregunta, pisa el freno y poco a poco va reduciendo la velocidad.

– Ya hemos llegado – dice.

Asiento con la cabeza y espero hasta que el  autobús se detenga por completo. Cuando se ha parado, el conductor abre la puerta y ambos salimos por ella. Él se dirige hacia el maletero y lo abre para sacar mi equipaje, repartido en dos enormes maletas. A parte, tengo una pequeña mochila en la que llevo agua, la cartera, el teléfono móvil y cosas por el estilo.

Una vez que lo he cogido todo, el conductor se detiene frente a un carril de piedras que penetra en el bosque, a un lado de la carretera.

– ¿Ves este camino? Pues es todo recto. Tienes que andar hasta que se acabe el sendero, y entonces te encontrarás una puerta de hierro con el nombre del internado encima. – Me mira a mí y mira las maletas – Espero que puedas apañártelas sola. Yo no puedo dejar aquí aparcado el autobús. Si no, te acompañaría.

«Seguro que sí», pienso. Le doy las gracias mientras se sube al autobús y cierra la puerta. Arranca el motor, y en menos de un minuto dejo de ver el vehículo, que avanza por la carretera de tierra entre los árboles.

Miro el camino. Está hecho de cientos de piedrecillas blancas de tamaños muy diversos, amontonadas todas sin ningún orden. Camino hacia él, y una vez sobre las piedras, caigo en la cuenta de que podría haberme enviado todo el equipaje por correo. Es una misión casi imposible llevar todo este peso por este camino.

Avanzo como puedo, y cuando llevo un rato andando me encuentro un banco a un lado del sendero y un poste con un cartel en forma de flecha en el que pone «Internado San Isidro». Decido sentarme en el banco y descansar unos minutos. Saco una botella de agua de mi mochila y bebo, observando mientras tanto el bosque que me rodea.

Nunca había visto tantos árboles juntos. Yo siempre he vivido en la ciudad, y aunque a veces iba de excursión al campo con mis amigas, nunca había visto nada parecido. Aquí hay hasta setas y champiñones amontonados sobre las raíces de los árboles, y he visto especies de flores que no había visto en mi vida.

Saco de mi mochila uno de los muchos folletos que me dieron mis padres cuando me estuvieron enseñando el internado. Veamos... por lo que sale en las fotos, hay dos bloques de habitaciones, uno frente al otro, y el instituto está al lado de ambos, de manera que los tres edificios están dispuestos formando una "U". Detrás del edificio de las chicas hay una cancha de baloncesto y un pabellón deportivo; detrás del edificio de los chicos, hay una pista de fútbol y una piscina cubierta. Y detrás del instituto, hay una enorme extensión de bosque que entra dentro de los límites del internado. Además, por lo que pone aquí, el sitio cuenta con otras muchas instalaciones, como un pequeño supermercado, una enfermería, un comedor y algún que otro sitio. En fin, tendré que explorar poco a poco el lugar.

De pronto, oigo un ruido detrás de mí. Me giro al instante, sobresaltada. Ha sido una especie de crujido, como una pisada. Supongo (o me gustaría pensar) que ha sido algún animalillo correteando o saltando, pero por si acaso, cojo mis cosas y continúo con mi caminata. Entre el susto y la humedad del ambiente, un escalofrío me recorre el cuerpo entero. Decido no echarle más cuenta al asunto y ando sin mirar atrás.

Después de unos minutos andando (minutos que se me hacen eternos gracias a mi equipaje), llego a las puertas del internado. Son unas puertas dobles de reja que van sujetas a una columna de hormigón cada una; a su vez, las dos columnas sostienen un arco que pasa por encima de la puerta doble en el que pone el nombre del internado. A mi izquierda y mi derecha, la reja que delimita los terrenos del internado se extiende más allá de  donde me alcanza la vista.

Me acerco un poco más a la verja y observo el interior del recinto. Todo es tal y como se describe en los folletos y las fotos que tengo. Frente a mí, a lo lejos, está el instituto, de color blanco y gris y con tejas marrones. A izquierda y derecha se encuentran los dos edificios simétricos donde están las habitaciones, y entre los dos, el camino hacia el instituto. El camino es de losas grises, y a ambos lados del mismo hay dispuestos bancos y grandes macetas de hierro llenas de plantitas, intercalados unos con otros.

Me fijo en la columna de hormigón de mi izquierda. En ella hay instalado lo que parece ser un pequeño porterillo. Me acerco y veo un botón de silicona y un altavoz oxidado. Presiono el botón y se oye un pitido.

Durante varios segundos me quedo de pie, esperando en silencio. Decido volver a pulsar el botón cuando, de pronto, escucho una voz procedente del altavoz.

– ¿Sí? – dice la voz, de mujer.

– Hola. Soy... soy Cleo – le respondo. Me aclaro la garganta. He de reconocer que estoy un poco nerviosa; esta conversación es la primera que establezco con alguien de aquí, y quiero causar buena impresión – Acabo de llegar en autobús.

– ¡Sí, sí! Claro que sí, cariño. Dirígete hacia el edificio del fondo.

A continuación se escucha otro pitido, esta vez procedente de la puerta, seguido de un "clac". Como puedo, voy tirando de las maletas y abriendo la puerta al mismo tiempo. Una vez dentro, me detengo en seco y observo lo que hay a mi alrededor.

Está todo desierto. No hay nadie. ¿Dónde está la gente? Es imposible que no haya llegado nadie. Es decir... las clases comienzan mañana. Debería haber gente por aquí, ¿no? No entiendo nada.

Decido avanzar para llegar hasta el instituto, donde la señora del portero me ha dicho que tengo que ir. Justo al final del recorrido, frente al edificio al que voy, hay una gran fuente funcionando. También me fijo en que los edificios de las habitaciones tienen porche, y en ellos hay algunas de las tiendas de las que hablan los folletos, como el supermercado o lo que parece ser una tienda de ropa.
Al llegar a la fuente, la rodeo y subo la cuesta del instituto. Llego a la puerta y la abro.

Nada más entrar, encuentro frente a mí una ventana con un mostrador. Sobre la ventana, hay un cartel en el que pone «Conserjería». Junto al mostrador, unas escaleras suben hacia la derecha. Supongo que arriba están las aulas.

A mi izquierda hay una pecera, macetas y varios carteles que hablan sobre la integración, la igualdad y cosas por el estilo, y a mi derecha hay un pasillo ancho y largo que acaba en unas puertas dobles. En ese mismo pasillo, hay varias puertas a izquierda y derecha; avanzo para ver si encuentro a la señora que ha hablado por el portero, y justo cuando doy un par de pasos, una voz de mujer surge a mi izquierda y me deja sorda de un oído.

Del susto que me llevo se me caen hasta las maletas, y ahogo un grito. El sonido era un «HOLA» procedente de un mostrador que hay justo a mi izquierda, al comienzo del pasillo, y que había pasado totalmente inadvertido para mí al haberme centrado en ir hacia las puertas dobles.

Cuando recupero un poco el aliento me agacho para recoger mi equipaje, y al levantar la vista para hablar con mi "atacante", me quedo muda.

La mujer tendrá unos sesenta años. Tiene el pelo rubio y muy rizado, pelado justo por debajo de las orejas. Tiene los ojos azules y grandes, y lleva una sombra de ojos turquesa que no le favorece en absoluto. Tiene los labios pintados de rojo y lleva un camisón largo azul marino, combinado con un collar dorado con piedras en tonos morados, verdes y azules. Se me viene a la cabeza la imagen mental de un pavo real con las plumas abiertas. Me ha dejado sin palabras.

– ¡Hola! ¡Hola! ¿Qué tal, preciosa? ¡Espero no haberte asustado! – dice.

Sin salir aún de mi asombro, intento contestarle algo coherente.

–Eh... hola. No se preocupe, todo bien. Sólo me he asustado un poco.

Un "poco" que casi acaba en infarto. La mujer se aparta del mostrador y sale por una puertecita que hay a la izquierda del mismo. Es bastante más bajita que yo, y el camisón le llega hasta las rodillas. los ha combinado con unas mallas doradas, a juego con el collar. ¿De dónde ha salido esta mujer?

– Bienvenida, cariño – me dice mientras se acerca para darme dos besos. Le devuelvo el saludo, y cuando se aparta, sonríe ampliamente. La pobre tiene todos los dientes llenos de pintalabios. Hago un esfuerzo sobrehumano por no reírme y le devuelvo la sonrisa. – Yo soy Marina, y trabajo en secretaría.

– Encantada – le respondo. – Yo soy Cleo.

Enseguida, Marina me quita todo el equipaje de encima, lo coge y lo mete en la secretaría.

– Voy a poner todas tus cosas aquí. Las voy a dejar en un rincón para que puedas ir a almorzar de mientras, ¿quieres? ¿Tienes hambre?

Claro... Ahora entiendo cómo es que no había nadie fuera: está todo el mundo almorzando. Miro un reloj que hay pegado en la pared del fondo de la habitacion: las dos y media de la tarde. Ha sido un viaje larguísimo.

– Pues la verdad es que algo de hambre sí que...

– Y oye, el camino, ¿bien? ¿Te ha sido fácil encontrar el sitio? Habrás visto el cartel con el nombre del internado junto al banquito. ¡Fue idea mía! Porque claro, la gente solía venir y...

Y Marina se pone a hablar sin control sobre la cantidad de gente que se ha perdido en el bosque, y cosas de esas. Mientras habla, me fijo en el resto de la secretaría. No es una habitación muy grande, pero tiene un escritorio justo bajo el mostrador y varios armarios y estanterías en las paredes. Por todas partes hay cosas de Marina: bolígrafos con plumas, libretas y accesorios de papelería con estampados estrambóticos; también hay varios lapiceros decorados con pedrería. Esta mujer debe llevar aquí más tiempo que el propio edificio.

Lo único que desentona con el peculiar estilo de Marina, es un cuadro en la pared del fondo, junto al reloj, de color granate con varias líneas negras y blancas trazadas de forma desordenada sobre el óleo. Es bastante feo, pero al ser de un color tan apagado y simple, pasa bastante desapercibido.

De pronto, Marina suelta una carcajada que la dobla hacia atrás y todo, riéndose de un comentario que ella misma ha hecho sobre algo. A pesar de que no le estaba prestando mucha atención, sonrío. Esta señora tiene una expresión tan risueña que es fácil sentirse alegre al lado de ella.

– Pero bueno, estarás muerta de hambre. – dice. Y la verdad es que ahora que lo dice, tiene razón. – Mira. Tras esa puerta – señala la puerta doble hacia la que yo me dirigía en un principio –, hay unas escaleras. Tú bájalas, y a mano izquierda hay un pasillo. Al final está el comedor. ¿Por qué no me dejas aquí tus maletas y yo te las cuido mientras almuerzas?

Me da un poco de miedo dejarle todo el equipaje a una persona que acabo de conocer, pero no pienso bajar a comer con todas mis cosas, y ahora mismo no me veo con fuerzas de llevarlo todo cargando hasta mi habitación. Voy a relajarme un poco; ya habrá tiempo de deshacer las maletas más tarde.

– Vale –le digo. – Le dejo al cuidado de mis cosas... muchísimas gracias por todo.

– ¡No te preocupes, hija! Tú come tranquila.

«Eso haré». Voy hacia el final del pasillo, y en cuanto abro la puerta doble, empiezo a escuchar un jaleo enorme procedente del fondo. Tal y como ha dicho Marina, hay unas escaleras; las bajo. El pasillo está iluminado por unos fluorescentes lúgubres y de luz tenue. Es deprimente, y a la vez da un poco de miedo. Da sensación de claustrofobia.

Efectivamente, a mi izquierda continúa el pasillo; esta vez el camino es corto, y al final del mismo, hay otra puerta doble. Ahora el ruido es mucho mayor que al comienzo de las escaleras, y algo hace que me quede en el sitio por unos minutos y no pueda avanzar.

No me asusta el hecho de empezar una vida nueva. Y me apena el hecho de haber tenido que separarme de mis padres y de mis amigos, sí, pero no estoy disgustada. Mis padres son arqueólogos, y llevaban cerca de dos años sin encontrar trabajo. Se les hacía imposible poder pagar las facturas, así que cuando aquel antiguo profesor suyo les recomendó para una nueva expedición en Egipto, mis padres se alegraron como no lo hacían en años.

A mí me habría gustado irme con ellos y pasar un año viajando, pero reconozco que era mejor idea que me quedara aquí. Este año es el último de instituto que me queda; a final de curso me examinaré para entrar a la universidad, y si este año hubiese dejado los estudios, luego me había costado la misma vida retomarlos. Supongo que ya tendré tiempo de hacerles una visita en algún momento.

El mismo profesor que les había ayudado a encontrar trabajo, es el que les recomendó que me metieran en este internado. Al parecer, él mismo imparte clases aquí. Yo tenía que quedarme en uno sí o sí, y por lo visto, el instituto que hay aquí prepara muy bien a sus alumnos para la prueba de acceso a la universidad. Sea como sea, yo he estado todo el verano concienciándome de que este curso va a ser complicado, y tengo la dificultad añadida de haber cambiado por completo mi vida en muy poco tiempo. Espero de verdad que todo salga bien.

Y todo esto viene porque, aunque no tenga miedo de entrar en una sala llena de gente dispuesta a juzgarme por lo primero que vea de mí, y no tenga miedo de saber todo lo que estén dispuestos a decir o a pensar, es difícil empezar de cero estando lejos de la gente a la que consideras tu apoyo... lejos de la gente que consideras parte de ti.

Como empieza a preocuparme el hecho de que alguien me vea mirando una puerta mientras reflexiono profundamente sobre el sentido que tiene mi vida ahora mismo y piense que estoy totalmente loca, decido entrar en el comedor.

Al principio, el ruido es ensordecedor. Hay muchísima gente, en su inmensa mayoría adolescentes. Nadie parece percatarse de que he entrado siquiera, lo cual me alivia. Creo que estoy siendo un poco egocéntrica; no tengo por qué ser la única persona nueva aquí. Seguramente haya mucha más gente en mi misma situación.

La sala se extiende hacia mi derecha. Haciendo unos cálculos aproximados, hay dos filas de mesas, y en cada una hay unas diez mesas. Alrededor de cada una hay una docena de sillas más o menos, lo que hace un total de... muchos alumnos. A mi izquierda, frente a las mesas, hay un mostrador con vitrinas en las que hay comida, y detrás del mostrador hay dos señoras repartiendo el almuerzo, una más gruesa y alta y otra más menuda.

Busco con la mirada algún sitio donde pueda coger una bandeja para que me sirvan la comida, ya que todo el mundo tiene una en las manos. Localizo un pequeño mueble justo frente a mí, donde empieza el mostrador. Me dirijo hacia allí cuando, de pronto, choco con alguien estrepitosamente. Tropiezo, pero no llego a caerme al suelo. Rápidamente, me doy la vuelta para ver qué ha pasado y pedir disculpas a quien quiera que sea que haya chocado conmigo, pero no me da tiempo a hablar siquiera cuando un muchacho algo mayor que yo empieza a decirme de todo.

– Joder... ¿pero qué mierda haces? ¿PARA QUÉ TE PARAS AHÍ EN MEDIO? – el chaval tiene toda la camisa llena de lo que parecen ser puré y agua. Se ve que, al chocar conmigo, se le ha caído todo lo que tenía en la bandeja encima.

Gran parte de la gente que estaba comiendo se calla y mira hacia donde estoy. Yo no me atrevo a decirle nada al tipo porque, además, no va solo. Va con otros dos chicos y una chica, y digamos que ninguno tiene pinta de querer disculparse. Me miran desde detrás de su amigo con actitud desafiante. El muchacho con el que he chocado me mira intimidante mientras yo analizo la situación.

Finalmente, decido que no es buena idea iniciar una disputa para ver quién ha chocado con quién. No creo que saliese ganando.

– Lo siento – digo, intentando aparentar que lo siento de verdad –. Lo siento mucho, en serio. Iba a por una bandeja y no me he dado cuenta de...

– Cállate – me interrumpe –. Y procura que no vuelva a pasar, imbécil.

Tira la bandeja al suelo dando un golpe, lo que hace que el resto de personas que no se habían parado a ver el espectáculo, lo hagan. Afortunadamente, el chico decide irse del comedor, por lo que la cosa acaba aquí. Antes de irse, uno de sus amigos me enseña el dedo del medio y me dedica una horrible mueca. Le falta un diente.

Suspiro y decido no pensar más en el asunto. A partir de ahora, estaré más atenta por donde quiera que vaya. Poco a poco la gente vuelve a sus conversaciones, y todo se queda en un susto para mí. Llego al mueble en el que están las bandejas, cojo una y me pongo en la cola del mostrador. Veo lo que hay para comer a través de las vitrinas: el puré, salchichas y macarrones con tomate. Si me dan a elegir entre los tres, me quedo con el tercero.

Cuando llega mi turno, una señora bajita, de ojos castaños y con el pelo recogido en una redecilla me pregunta que qué quiero tomar. Yo le señalo los macarrones a través del cristal y ella me rellena el plato. Cuando me lo devuelve, le doy las gracias, pero ella mira hacia abajo. Parece tímida, reservada. Enseguida atiende al muchacho que hay detrás de mí, por lo que avanzo por el mostrador para encontrarme de frente con la otra mujer, más gruesa. Tiene la misma redecilla y aparenta ser más o menos de la misma edad, unos cuarenta y largos, pero sus ojos son de un azul intensísimo. Tiene la piel clara y la expresión seria.

– ¿Qué vas a querer beber? – me pregunta. En cuanto habla me doy cuenta de que es extranjera. Tiene un acento raro; nunca antes lo había oído.

– ¿Tenéis zumo de naranja? – le pregunto. Ella se da la vuelta y alcanza un bote de zumo natural de una pequeña nevera. Lo pone en mi bandeja y me vuelve a mirar.

– ¿Y de postre?

– Pues... – miro hacia la nevera de la que ella ha sacado el zumo. Junto a esta hay otra igual en la que están los postres. Creo distinguir lo que parece ser gelatina de fresa, y como no creo que esta señora tenga ganas de leerme la carta de los postres, le digo que me dé eso mismo. Seguidamente, ella pone un tenedor y una cucharilla en mi bandeja y deduzco que mi menú está servido.

Ahora viene lo difícil. ¿Dónde me siento? Todas las mesas parecen estar ocupadas por grupos de amigos o conocidos. Avanzo entre las dos filas de mesas y miro a izquierda y derecha. Voy buscando un hueco, un sitio libre en una mesa más bien solitaria, para no molestar a nadie.

Por fin veo al fondo una mesa ocupada por dos niñas de unos quince años, sentadas en el extremo, las dos solas. Me acerco y me siento en el extremo opuesto, intentando aparentar tranquilidad. Las niñas no parecen haberse dado cuenta siquiera; por lo poco que consigo oír, parece que una le está contando a otra lo bien que se lo ha pasado este verano en la playa con su familia.

Cojo el tenedor y empiezo a comer. Me encanta comer. Y estos macarrones no están nada mal. Es decir, no están mal teniendo en cuenta lo que todo el mundo dice normalmente sobre la comida de los comedores. Mientras como, miro a mi alrededor. Las luces blancas de los fluorescentes le dan al comedor un aspecto triste; no hay ventanas, y las paredes, blancas, andan escasas de decoración.

La seriedad de la habitación es contrarrestada, sin embargo, por las risas de los adolescentes. Me fijo en que hay gente de todas las edades, entre los... ¿once? Y los dieciocho años. Aunque ahora que me doy cuenta, también hay gente mayor que yo. Lo más probable es que hayan repetido curso en algún momento, supongo.

En pocos minutos me he comido el plato de macarrones entero. La gelatina me la como rápido también, y nada más acabar, cojo mi bandeja y me dirijo hacia el mostrador para dejarla allí. Mientras camino, noto cómo algunas personas se me quedan mirando. Es normal; ellos seguramente se conozcan desde hace años, mientras que yo no sólo soy la nueva, sino que ya he conseguido dar el espectáculo. Y antes de empezar siquiera las clases... Genial.

Salgo del comedor por la misma puerta por la que he entrado. Estoy deseando llegar a mi habitación y deshacer las maletas. También me gustaría tener algo de tiempo para relajarme; mañana empiezan las clases, y quiero ponerme a estudiar desde el primer día, por lo que hoy es, en teoría, el último día de descanso que tengo hasta el fin de semana que viene. Y cinco días de clase pueden hacerse muy largos.

Subo las escaleras y abro la doble puerta. Ahora hay gente en el pasillo, y Marina bromea con un grupito de muchachos sobre algún tema en concreto. Cuando me ve llegar, detiene la conversación y me sonríe ampliamente.

– ¡Cleo, Cleo! –me dice, acompañando su cántico con exagerados aspavientos. Esta mujer es más rara... Entra en la secretaría, dejando con la palabra en la boca a un chico del corrillo que tenía alrededor. Al segundo, sale con mis maletas, toda cargada de cosas. – Aquí está todo tu equipaje. ¿Quieres que alguien te ayude a subirlo todo a tu habitación?

– No, no, de verdad. No es necesario – le digo mientras voy cogiendo todos mis bártulos. No quiero causar molestias a nadie. – Eso sí, ¿sería tan amable de darme la llave de mi habitación?

– Claro que sí  – Vuelve a entrar en la secretaría y la veo a través de la puerta, que está abierta. De un pequeño armario que hay debajo del cuadro del fondo saca un llavero de madera que tiene un número grabado y una llave colgando. Me la da, y yo la cojo como puedo. El número es el 427. –Es la cuarta planta, cariño, del edificio que está a la derecha cuando sales de aquí. Es el de las chicas.

– Bueno... pues muchísimas gracias por todo, de verdad. Le estoy muy agradecida. – le dedico una sonrisa sincera y echo a andar hacia la puerta del edificio, para irme ya a mi habitación. Marina me pone una mano en la espalda y me giro hacia ella.

– De nada, bonita – me dice. – Y oye... puedes tutearme. –  me mira con ojos comprensivos. Es buena persona. Yo asiento y me despido, agradecida, con un gesto de la cabeza.

Salgo del edificio, más tranquila que cuando entré en él. La luz del sol de septiembre baña todo el paisaje, y una sensación de calidez me recorre el cuerpo.

Cojo aire y lo retengo varios segundos en mis pulmones. Lo suelto lentamente y una sensación de serenidad me recorre el cuerpo. Y no sé si será por la amabilidad y la alegría contagiosa de Marina, o si es porque tengo el estómago lleno... pero tengo una buena sensación en el cuerpo.


Creo que este va a ser un gran año.

Presentación

Hola a todos y todas.

Mi nombre es Natalia y tengo 21 años.

Hace algunos años tuve un sueño mientras dormía que me dejó sorprendida durante días. Fue un sueño muy claro y muy bonito. Con el paso del tiempo, y pensando en él cuando tenía ratos libres, he ido poco a poco perfeccionando la historia, hasta llegar al día de hoy.

Cabe decir que, aunque me gusta escribir, la verdad es que no me dedico a ello y no me considero una gran escritora. A pesar de ello, intentaré expresarme lo mejor posible para poder transmitir todo lo que tengo en mi cabeza.

Espero de veras que os guste lo que estoy a punto de comenzar a compartir con vosotros. Sobra decir que todas las sugerencias y comentarios que se emitan desde el respeto serán bienvenidos en el blog!

Un saludo a todos.