domingo, 3 de enero de 2016

Capítulo Uno

Abro los ojos.

Al principio me siento bastante desorientada, pero pronto me doy cuenta de dónde estoy. Me duele la cabeza de darme cabezazos contra la ventana del autobús. Sabía que no era buena idea quedarse dormida, pero después del madrugón de esta mañana, me ha sido imposible mantener los ojos abiertos.

Intento incorporarme. Me duele el cuello una barbaridad. Empiezo a girar la cabeza hacia los lados para ver si se me va aliviando algo el dolor, y me fijo en el resto del vehículo. Está todo vacío. Sólo quedamos el conductor y yo.

Como llevo varias horas sin decir nada, decido acercarme a él para que sepa que sigo aquí (por si se había olvidado) y me diga si queda mucho para llegar a mi destino. Aunque por lo que veo a través de la ventana, no debe quedar mucho: los árboles y la vegetación de aquí son totalmente distintos a los que estoy acostumbrada a ver donde vivo. Estoy ya muy lejos de mi hogar.

El hombre tendrá unos cincuenta años, pelo canoso y bigote, y va escuchando en la radio las típicas sevillanas que ponía mi abuela en su antiguo coche cuando yo era pequeña e íbamos a comprar.

– Disculpe – le digo.

El pobre hombre da un respingo cuando me oye hablar.

– ¡Ah! Hola, hola. Te has echado una buena siesta, ¿eh?

Me muero de la vergüenza sólo de pensar en la cara que habré puesto mientras dormía.

– Sí, bueno, es un viaje muy largo – digo con cara de disculpa. – Oiga, ¿sabe más o menos cuánto queda para llegar?

En cuanto termino de hacerle la pregunta, pisa el freno y poco a poco va reduciendo la velocidad.

– Ya hemos llegado – dice.

Asiento con la cabeza y espero hasta que el  autobús se detenga por completo. Cuando se ha parado, el conductor abre la puerta y ambos salimos por ella. Él se dirige hacia el maletero y lo abre para sacar mi equipaje, repartido en dos enormes maletas. A parte, tengo una pequeña mochila en la que llevo agua, la cartera, el teléfono móvil y cosas por el estilo.

Una vez que lo he cogido todo, el conductor se detiene frente a un carril de piedras que penetra en el bosque, a un lado de la carretera.

– ¿Ves este camino? Pues es todo recto. Tienes que andar hasta que se acabe el sendero, y entonces te encontrarás una puerta de hierro con el nombre del internado encima. – Me mira a mí y mira las maletas – Espero que puedas apañártelas sola. Yo no puedo dejar aquí aparcado el autobús. Si no, te acompañaría.

«Seguro que sí», pienso. Le doy las gracias mientras se sube al autobús y cierra la puerta. Arranca el motor, y en menos de un minuto dejo de ver el vehículo, que avanza por la carretera de tierra entre los árboles.

Miro el camino. Está hecho de cientos de piedrecillas blancas de tamaños muy diversos, amontonadas todas sin ningún orden. Camino hacia él, y una vez sobre las piedras, caigo en la cuenta de que podría haberme enviado todo el equipaje por correo. Es una misión casi imposible llevar todo este peso por este camino.

Avanzo como puedo, y cuando llevo un rato andando me encuentro un banco a un lado del sendero y un poste con un cartel en forma de flecha en el que pone «Internado San Isidro». Decido sentarme en el banco y descansar unos minutos. Saco una botella de agua de mi mochila y bebo, observando mientras tanto el bosque que me rodea.

Nunca había visto tantos árboles juntos. Yo siempre he vivido en la ciudad, y aunque a veces iba de excursión al campo con mis amigas, nunca había visto nada parecido. Aquí hay hasta setas y champiñones amontonados sobre las raíces de los árboles, y he visto especies de flores que no había visto en mi vida.

Saco de mi mochila uno de los muchos folletos que me dieron mis padres cuando me estuvieron enseñando el internado. Veamos... por lo que sale en las fotos, hay dos bloques de habitaciones, uno frente al otro, y el instituto está al lado de ambos, de manera que los tres edificios están dispuestos formando una "U". Detrás del edificio de las chicas hay una cancha de baloncesto y un pabellón deportivo; detrás del edificio de los chicos, hay una pista de fútbol y una piscina cubierta. Y detrás del instituto, hay una enorme extensión de bosque que entra dentro de los límites del internado. Además, por lo que pone aquí, el sitio cuenta con otras muchas instalaciones, como un pequeño supermercado, una enfermería, un comedor y algún que otro sitio. En fin, tendré que explorar poco a poco el lugar.

De pronto, oigo un ruido detrás de mí. Me giro al instante, sobresaltada. Ha sido una especie de crujido, como una pisada. Supongo (o me gustaría pensar) que ha sido algún animalillo correteando o saltando, pero por si acaso, cojo mis cosas y continúo con mi caminata. Entre el susto y la humedad del ambiente, un escalofrío me recorre el cuerpo entero. Decido no echarle más cuenta al asunto y ando sin mirar atrás.

Después de unos minutos andando (minutos que se me hacen eternos gracias a mi equipaje), llego a las puertas del internado. Son unas puertas dobles de reja que van sujetas a una columna de hormigón cada una; a su vez, las dos columnas sostienen un arco que pasa por encima de la puerta doble en el que pone el nombre del internado. A mi izquierda y mi derecha, la reja que delimita los terrenos del internado se extiende más allá de  donde me alcanza la vista.

Me acerco un poco más a la verja y observo el interior del recinto. Todo es tal y como se describe en los folletos y las fotos que tengo. Frente a mí, a lo lejos, está el instituto, de color blanco y gris y con tejas marrones. A izquierda y derecha se encuentran los dos edificios simétricos donde están las habitaciones, y entre los dos, el camino hacia el instituto. El camino es de losas grises, y a ambos lados del mismo hay dispuestos bancos y grandes macetas de hierro llenas de plantitas, intercalados unos con otros.

Me fijo en la columna de hormigón de mi izquierda. En ella hay instalado lo que parece ser un pequeño porterillo. Me acerco y veo un botón de silicona y un altavoz oxidado. Presiono el botón y se oye un pitido.

Durante varios segundos me quedo de pie, esperando en silencio. Decido volver a pulsar el botón cuando, de pronto, escucho una voz procedente del altavoz.

– ¿Sí? – dice la voz, de mujer.

– Hola. Soy... soy Cleo – le respondo. Me aclaro la garganta. He de reconocer que estoy un poco nerviosa; esta conversación es la primera que establezco con alguien de aquí, y quiero causar buena impresión – Acabo de llegar en autobús.

– ¡Sí, sí! Claro que sí, cariño. Dirígete hacia el edificio del fondo.

A continuación se escucha otro pitido, esta vez procedente de la puerta, seguido de un "clac". Como puedo, voy tirando de las maletas y abriendo la puerta al mismo tiempo. Una vez dentro, me detengo en seco y observo lo que hay a mi alrededor.

Está todo desierto. No hay nadie. ¿Dónde está la gente? Es imposible que no haya llegado nadie. Es decir... las clases comienzan mañana. Debería haber gente por aquí, ¿no? No entiendo nada.

Decido avanzar para llegar hasta el instituto, donde la señora del portero me ha dicho que tengo que ir. Justo al final del recorrido, frente al edificio al que voy, hay una gran fuente funcionando. También me fijo en que los edificios de las habitaciones tienen porche, y en ellos hay algunas de las tiendas de las que hablan los folletos, como el supermercado o lo que parece ser una tienda de ropa.
Al llegar a la fuente, la rodeo y subo la cuesta del instituto. Llego a la puerta y la abro.

Nada más entrar, encuentro frente a mí una ventana con un mostrador. Sobre la ventana, hay un cartel en el que pone «Conserjería». Junto al mostrador, unas escaleras suben hacia la derecha. Supongo que arriba están las aulas.

A mi izquierda hay una pecera, macetas y varios carteles que hablan sobre la integración, la igualdad y cosas por el estilo, y a mi derecha hay un pasillo ancho y largo que acaba en unas puertas dobles. En ese mismo pasillo, hay varias puertas a izquierda y derecha; avanzo para ver si encuentro a la señora que ha hablado por el portero, y justo cuando doy un par de pasos, una voz de mujer surge a mi izquierda y me deja sorda de un oído.

Del susto que me llevo se me caen hasta las maletas, y ahogo un grito. El sonido era un «HOLA» procedente de un mostrador que hay justo a mi izquierda, al comienzo del pasillo, y que había pasado totalmente inadvertido para mí al haberme centrado en ir hacia las puertas dobles.

Cuando recupero un poco el aliento me agacho para recoger mi equipaje, y al levantar la vista para hablar con mi "atacante", me quedo muda.

La mujer tendrá unos sesenta años. Tiene el pelo rubio y muy rizado, pelado justo por debajo de las orejas. Tiene los ojos azules y grandes, y lleva una sombra de ojos turquesa que no le favorece en absoluto. Tiene los labios pintados de rojo y lleva un camisón largo azul marino, combinado con un collar dorado con piedras en tonos morados, verdes y azules. Se me viene a la cabeza la imagen mental de un pavo real con las plumas abiertas. Me ha dejado sin palabras.

– ¡Hola! ¡Hola! ¿Qué tal, preciosa? ¡Espero no haberte asustado! – dice.

Sin salir aún de mi asombro, intento contestarle algo coherente.

–Eh... hola. No se preocupe, todo bien. Sólo me he asustado un poco.

Un "poco" que casi acaba en infarto. La mujer se aparta del mostrador y sale por una puertecita que hay a la izquierda del mismo. Es bastante más bajita que yo, y el camisón le llega hasta las rodillas. los ha combinado con unas mallas doradas, a juego con el collar. ¿De dónde ha salido esta mujer?

– Bienvenida, cariño – me dice mientras se acerca para darme dos besos. Le devuelvo el saludo, y cuando se aparta, sonríe ampliamente. La pobre tiene todos los dientes llenos de pintalabios. Hago un esfuerzo sobrehumano por no reírme y le devuelvo la sonrisa. – Yo soy Marina, y trabajo en secretaría.

– Encantada – le respondo. – Yo soy Cleo.

Enseguida, Marina me quita todo el equipaje de encima, lo coge y lo mete en la secretaría.

– Voy a poner todas tus cosas aquí. Las voy a dejar en un rincón para que puedas ir a almorzar de mientras, ¿quieres? ¿Tienes hambre?

Claro... Ahora entiendo cómo es que no había nadie fuera: está todo el mundo almorzando. Miro un reloj que hay pegado en la pared del fondo de la habitacion: las dos y media de la tarde. Ha sido un viaje larguísimo.

– Pues la verdad es que algo de hambre sí que...

– Y oye, el camino, ¿bien? ¿Te ha sido fácil encontrar el sitio? Habrás visto el cartel con el nombre del internado junto al banquito. ¡Fue idea mía! Porque claro, la gente solía venir y...

Y Marina se pone a hablar sin control sobre la cantidad de gente que se ha perdido en el bosque, y cosas de esas. Mientras habla, me fijo en el resto de la secretaría. No es una habitación muy grande, pero tiene un escritorio justo bajo el mostrador y varios armarios y estanterías en las paredes. Por todas partes hay cosas de Marina: bolígrafos con plumas, libretas y accesorios de papelería con estampados estrambóticos; también hay varios lapiceros decorados con pedrería. Esta mujer debe llevar aquí más tiempo que el propio edificio.

Lo único que desentona con el peculiar estilo de Marina, es un cuadro en la pared del fondo, junto al reloj, de color granate con varias líneas negras y blancas trazadas de forma desordenada sobre el óleo. Es bastante feo, pero al ser de un color tan apagado y simple, pasa bastante desapercibido.

De pronto, Marina suelta una carcajada que la dobla hacia atrás y todo, riéndose de un comentario que ella misma ha hecho sobre algo. A pesar de que no le estaba prestando mucha atención, sonrío. Esta señora tiene una expresión tan risueña que es fácil sentirse alegre al lado de ella.

– Pero bueno, estarás muerta de hambre. – dice. Y la verdad es que ahora que lo dice, tiene razón. – Mira. Tras esa puerta – señala la puerta doble hacia la que yo me dirigía en un principio –, hay unas escaleras. Tú bájalas, y a mano izquierda hay un pasillo. Al final está el comedor. ¿Por qué no me dejas aquí tus maletas y yo te las cuido mientras almuerzas?

Me da un poco de miedo dejarle todo el equipaje a una persona que acabo de conocer, pero no pienso bajar a comer con todas mis cosas, y ahora mismo no me veo con fuerzas de llevarlo todo cargando hasta mi habitación. Voy a relajarme un poco; ya habrá tiempo de deshacer las maletas más tarde.

– Vale –le digo. – Le dejo al cuidado de mis cosas... muchísimas gracias por todo.

– ¡No te preocupes, hija! Tú come tranquila.

«Eso haré». Voy hacia el final del pasillo, y en cuanto abro la puerta doble, empiezo a escuchar un jaleo enorme procedente del fondo. Tal y como ha dicho Marina, hay unas escaleras; las bajo. El pasillo está iluminado por unos fluorescentes lúgubres y de luz tenue. Es deprimente, y a la vez da un poco de miedo. Da sensación de claustrofobia.

Efectivamente, a mi izquierda continúa el pasillo; esta vez el camino es corto, y al final del mismo, hay otra puerta doble. Ahora el ruido es mucho mayor que al comienzo de las escaleras, y algo hace que me quede en el sitio por unos minutos y no pueda avanzar.

No me asusta el hecho de empezar una vida nueva. Y me apena el hecho de haber tenido que separarme de mis padres y de mis amigos, sí, pero no estoy disgustada. Mis padres son arqueólogos, y llevaban cerca de dos años sin encontrar trabajo. Se les hacía imposible poder pagar las facturas, así que cuando aquel antiguo profesor suyo les recomendó para una nueva expedición en Egipto, mis padres se alegraron como no lo hacían en años.

A mí me habría gustado irme con ellos y pasar un año viajando, pero reconozco que era mejor idea que me quedara aquí. Este año es el último de instituto que me queda; a final de curso me examinaré para entrar a la universidad, y si este año hubiese dejado los estudios, luego me había costado la misma vida retomarlos. Supongo que ya tendré tiempo de hacerles una visita en algún momento.

El mismo profesor que les había ayudado a encontrar trabajo, es el que les recomendó que me metieran en este internado. Al parecer, él mismo imparte clases aquí. Yo tenía que quedarme en uno sí o sí, y por lo visto, el instituto que hay aquí prepara muy bien a sus alumnos para la prueba de acceso a la universidad. Sea como sea, yo he estado todo el verano concienciándome de que este curso va a ser complicado, y tengo la dificultad añadida de haber cambiado por completo mi vida en muy poco tiempo. Espero de verdad que todo salga bien.

Y todo esto viene porque, aunque no tenga miedo de entrar en una sala llena de gente dispuesta a juzgarme por lo primero que vea de mí, y no tenga miedo de saber todo lo que estén dispuestos a decir o a pensar, es difícil empezar de cero estando lejos de la gente a la que consideras tu apoyo... lejos de la gente que consideras parte de ti.

Como empieza a preocuparme el hecho de que alguien me vea mirando una puerta mientras reflexiono profundamente sobre el sentido que tiene mi vida ahora mismo y piense que estoy totalmente loca, decido entrar en el comedor.

Al principio, el ruido es ensordecedor. Hay muchísima gente, en su inmensa mayoría adolescentes. Nadie parece percatarse de que he entrado siquiera, lo cual me alivia. Creo que estoy siendo un poco egocéntrica; no tengo por qué ser la única persona nueva aquí. Seguramente haya mucha más gente en mi misma situación.

La sala se extiende hacia mi derecha. Haciendo unos cálculos aproximados, hay dos filas de mesas, y en cada una hay unas diez mesas. Alrededor de cada una hay una docena de sillas más o menos, lo que hace un total de... muchos alumnos. A mi izquierda, frente a las mesas, hay un mostrador con vitrinas en las que hay comida, y detrás del mostrador hay dos señoras repartiendo el almuerzo, una más gruesa y alta y otra más menuda.

Busco con la mirada algún sitio donde pueda coger una bandeja para que me sirvan la comida, ya que todo el mundo tiene una en las manos. Localizo un pequeño mueble justo frente a mí, donde empieza el mostrador. Me dirijo hacia allí cuando, de pronto, choco con alguien estrepitosamente. Tropiezo, pero no llego a caerme al suelo. Rápidamente, me doy la vuelta para ver qué ha pasado y pedir disculpas a quien quiera que sea que haya chocado conmigo, pero no me da tiempo a hablar siquiera cuando un muchacho algo mayor que yo empieza a decirme de todo.

– Joder... ¿pero qué mierda haces? ¿PARA QUÉ TE PARAS AHÍ EN MEDIO? – el chaval tiene toda la camisa llena de lo que parecen ser puré y agua. Se ve que, al chocar conmigo, se le ha caído todo lo que tenía en la bandeja encima.

Gran parte de la gente que estaba comiendo se calla y mira hacia donde estoy. Yo no me atrevo a decirle nada al tipo porque, además, no va solo. Va con otros dos chicos y una chica, y digamos que ninguno tiene pinta de querer disculparse. Me miran desde detrás de su amigo con actitud desafiante. El muchacho con el que he chocado me mira intimidante mientras yo analizo la situación.

Finalmente, decido que no es buena idea iniciar una disputa para ver quién ha chocado con quién. No creo que saliese ganando.

– Lo siento – digo, intentando aparentar que lo siento de verdad –. Lo siento mucho, en serio. Iba a por una bandeja y no me he dado cuenta de...

– Cállate – me interrumpe –. Y procura que no vuelva a pasar, imbécil.

Tira la bandeja al suelo dando un golpe, lo que hace que el resto de personas que no se habían parado a ver el espectáculo, lo hagan. Afortunadamente, el chico decide irse del comedor, por lo que la cosa acaba aquí. Antes de irse, uno de sus amigos me enseña el dedo del medio y me dedica una horrible mueca. Le falta un diente.

Suspiro y decido no pensar más en el asunto. A partir de ahora, estaré más atenta por donde quiera que vaya. Poco a poco la gente vuelve a sus conversaciones, y todo se queda en un susto para mí. Llego al mueble en el que están las bandejas, cojo una y me pongo en la cola del mostrador. Veo lo que hay para comer a través de las vitrinas: el puré, salchichas y macarrones con tomate. Si me dan a elegir entre los tres, me quedo con el tercero.

Cuando llega mi turno, una señora bajita, de ojos castaños y con el pelo recogido en una redecilla me pregunta que qué quiero tomar. Yo le señalo los macarrones a través del cristal y ella me rellena el plato. Cuando me lo devuelve, le doy las gracias, pero ella mira hacia abajo. Parece tímida, reservada. Enseguida atiende al muchacho que hay detrás de mí, por lo que avanzo por el mostrador para encontrarme de frente con la otra mujer, más gruesa. Tiene la misma redecilla y aparenta ser más o menos de la misma edad, unos cuarenta y largos, pero sus ojos son de un azul intensísimo. Tiene la piel clara y la expresión seria.

– ¿Qué vas a querer beber? – me pregunta. En cuanto habla me doy cuenta de que es extranjera. Tiene un acento raro; nunca antes lo había oído.

– ¿Tenéis zumo de naranja? – le pregunto. Ella se da la vuelta y alcanza un bote de zumo natural de una pequeña nevera. Lo pone en mi bandeja y me vuelve a mirar.

– ¿Y de postre?

– Pues... – miro hacia la nevera de la que ella ha sacado el zumo. Junto a esta hay otra igual en la que están los postres. Creo distinguir lo que parece ser gelatina de fresa, y como no creo que esta señora tenga ganas de leerme la carta de los postres, le digo que me dé eso mismo. Seguidamente, ella pone un tenedor y una cucharilla en mi bandeja y deduzco que mi menú está servido.

Ahora viene lo difícil. ¿Dónde me siento? Todas las mesas parecen estar ocupadas por grupos de amigos o conocidos. Avanzo entre las dos filas de mesas y miro a izquierda y derecha. Voy buscando un hueco, un sitio libre en una mesa más bien solitaria, para no molestar a nadie.

Por fin veo al fondo una mesa ocupada por dos niñas de unos quince años, sentadas en el extremo, las dos solas. Me acerco y me siento en el extremo opuesto, intentando aparentar tranquilidad. Las niñas no parecen haberse dado cuenta siquiera; por lo poco que consigo oír, parece que una le está contando a otra lo bien que se lo ha pasado este verano en la playa con su familia.

Cojo el tenedor y empiezo a comer. Me encanta comer. Y estos macarrones no están nada mal. Es decir, no están mal teniendo en cuenta lo que todo el mundo dice normalmente sobre la comida de los comedores. Mientras como, miro a mi alrededor. Las luces blancas de los fluorescentes le dan al comedor un aspecto triste; no hay ventanas, y las paredes, blancas, andan escasas de decoración.

La seriedad de la habitación es contrarrestada, sin embargo, por las risas de los adolescentes. Me fijo en que hay gente de todas las edades, entre los... ¿once? Y los dieciocho años. Aunque ahora que me doy cuenta, también hay gente mayor que yo. Lo más probable es que hayan repetido curso en algún momento, supongo.

En pocos minutos me he comido el plato de macarrones entero. La gelatina me la como rápido también, y nada más acabar, cojo mi bandeja y me dirijo hacia el mostrador para dejarla allí. Mientras camino, noto cómo algunas personas se me quedan mirando. Es normal; ellos seguramente se conozcan desde hace años, mientras que yo no sólo soy la nueva, sino que ya he conseguido dar el espectáculo. Y antes de empezar siquiera las clases... Genial.

Salgo del comedor por la misma puerta por la que he entrado. Estoy deseando llegar a mi habitación y deshacer las maletas. También me gustaría tener algo de tiempo para relajarme; mañana empiezan las clases, y quiero ponerme a estudiar desde el primer día, por lo que hoy es, en teoría, el último día de descanso que tengo hasta el fin de semana que viene. Y cinco días de clase pueden hacerse muy largos.

Subo las escaleras y abro la doble puerta. Ahora hay gente en el pasillo, y Marina bromea con un grupito de muchachos sobre algún tema en concreto. Cuando me ve llegar, detiene la conversación y me sonríe ampliamente.

– ¡Cleo, Cleo! –me dice, acompañando su cántico con exagerados aspavientos. Esta mujer es más rara... Entra en la secretaría, dejando con la palabra en la boca a un chico del corrillo que tenía alrededor. Al segundo, sale con mis maletas, toda cargada de cosas. – Aquí está todo tu equipaje. ¿Quieres que alguien te ayude a subirlo todo a tu habitación?

– No, no, de verdad. No es necesario – le digo mientras voy cogiendo todos mis bártulos. No quiero causar molestias a nadie. – Eso sí, ¿sería tan amable de darme la llave de mi habitación?

– Claro que sí  – Vuelve a entrar en la secretaría y la veo a través de la puerta, que está abierta. De un pequeño armario que hay debajo del cuadro del fondo saca un llavero de madera que tiene un número grabado y una llave colgando. Me la da, y yo la cojo como puedo. El número es el 427. –Es la cuarta planta, cariño, del edificio que está a la derecha cuando sales de aquí. Es el de las chicas.

– Bueno... pues muchísimas gracias por todo, de verdad. Le estoy muy agradecida. – le dedico una sonrisa sincera y echo a andar hacia la puerta del edificio, para irme ya a mi habitación. Marina me pone una mano en la espalda y me giro hacia ella.

– De nada, bonita – me dice. – Y oye... puedes tutearme. –  me mira con ojos comprensivos. Es buena persona. Yo asiento y me despido, agradecida, con un gesto de la cabeza.

Salgo del edificio, más tranquila que cuando entré en él. La luz del sol de septiembre baña todo el paisaje, y una sensación de calidez me recorre el cuerpo.

Cojo aire y lo retengo varios segundos en mis pulmones. Lo suelto lentamente y una sensación de serenidad me recorre el cuerpo. Y no sé si será por la amabilidad y la alegría contagiosa de Marina, o si es porque tengo el estómago lleno... pero tengo una buena sensación en el cuerpo.


Creo que este va a ser un gran año.

Presentación

Hola a todos y todas.

Mi nombre es Natalia y tengo 21 años.

Hace algunos años tuve un sueño mientras dormía que me dejó sorprendida durante días. Fue un sueño muy claro y muy bonito. Con el paso del tiempo, y pensando en él cuando tenía ratos libres, he ido poco a poco perfeccionando la historia, hasta llegar al día de hoy.

Cabe decir que, aunque me gusta escribir, la verdad es que no me dedico a ello y no me considero una gran escritora. A pesar de ello, intentaré expresarme lo mejor posible para poder transmitir todo lo que tengo en mi cabeza.

Espero de veras que os guste lo que estoy a punto de comenzar a compartir con vosotros. Sobra decir que todas las sugerencias y comentarios que se emitan desde el respeto serán bienvenidos en el blog!

Un saludo a todos.