Madre mía. Con lo que habla Marina, en algún momento se le
podría haber pasado por la cabeza comentarme que el edificio no tiene ascensor
ni montacargas, o algo que me pudiese haber ayudado a subir mi equipaje. Y
encima mi habitación está ni más ni menos que en la última planta... ¡y son
cuatro! Que se dice pronto cuando no tienes que cargar con dos maletas a pulso hasta arriba
del todo. Para cuando llego a mi planta, me da la impresión de que mis pulmones
son tres veces más pequeños de lo normal. El ejercicio físico y yo nunca nos
hemos llevado bien.
El pasillo es largo y oscuro, no tiene ventanas y está
alumbrado por unas lámparas que cuelgan del techo cada dos metros. Su luz es
amarilla, muy tenue. La decoración de las paredes tampoco es muy pomposa, que
se diga: están cubiertas por un papel de color marrón oscuro que tiene algunos
grabados de flores, desgastados por el paso del tiempo. El suelo es de madera,
y se extiende a derecha e izquierda. Me fijo en que a mi izquierda, las puertas
empiezan por el número 414 y van bajando a números cada vez más pequeños, así
que cojo todas mis cosas y me dirijo hacia la derecha.
Mientras avanzo, voy viendo los números de las puertas: los
pares quedan a mi izquierda, y los impares, a la derecha, por lo que mi habitación
quedará orientada hacia la cancha de baloncesto y el pabellón. Me fijo en algo
en lo que no había reparado antes, también: al fondo del pasillo hay una
especie de tocador, a modo de decoración. Es tan antiguo que el espejo está
lleno de manchas negras y está desconchado por varios sitios. Es una pena;
tiempo atrás seguro que fue muy bonito.
Por fin llego a la puerta 427. Me dispongo a abrirla cuando
escucho un ruido procedente de una habitación al fondo del pasillo. Una puerta
se abre, y de ella sale una chica alta y muy delgada, con el pelo negro y largo
recogido en una cola. Cierra su puerta y pasa junto a mí en su camino hacia la
escalera.
− Hola − le digo cuando pasa por mi lado, pero ella ni se
inmuta. No me devuelve el saludo; es más, es como si no lo hubiese oído
siquiera. Y se aleja, con el rostro serio. Desaparece por las escaleras y yo me
quedo en silencio. Espero que no todo el mundo sea igual de simpático por aquí.
Afortunadamente, con el paso de los años me he ido volviendo
cada vez menos susceptible al comportamiento de la gente, así que no le doy
mucha importancia a su arrogancia. Me saco la llave del bolsillo y la meto en
la cerradura. La llave gira bien, pero al empujar la puerta tengo que hacer un
gran esfuerzo. Es vieja, y parece que las bisagras han dado un poco de sí. A
pesar de ello, consigo abrirla del todo y observo lo que va a ser mi hogar
durante este curso.
Todos los muebles están hechos de madera. Justo frente a la
puerta está la ventana, que es grande y llena la habitación de luz. Bajo la
misma, está la cama, de lado, con la cabecera pegada a la pared de mi
izquierda; junto a ella hay una mesita de noche. En la pared de la derecha hay un
escritorio con una silla y unas estanterías atornilladas a la pared encima del
escritorio.
Cojo mis cosas y las meto en la habitación, y me fijo que
pegado a la puerta hay un armario empotrado (de hecho, la entrada a la
habitación es una especie de pasillito formado por el armario y la pared de la
izquierda), y entre el armario empotrado y la pared que está a la derecha
cuando entras en la habitación, hay una puerta que da a un minúsculo baño.
Cierro la puerta del cuarto y me quedo de pie, observándolo
todo. Me gusta. Las paredes son blancas, y al ser la ventana tan ancha, el
cuarto está muy bien alumbrado. Los muebles y el suelo de madera le dan un
toque muy acogedor, además.
Me dirijo hacia el baño para ver cómo es por dentro. Al
abrir la puerta, choca con el lavabo, que está justo en frente de ésta. Sobre
el lavabo hay un espejo; me miro en él, y por primera vez desde que me levanté
esta mañana, veo las pintas que llevo. Apenas me maquillo, pero el poco
maquillaje que llevaba en los ojos se me ha repartido en todas direcciones
gracias a la siesta que me he echado en el autobús, y ahora parezco más un mapache
borracho que una muchacha normal.
Y yo me he paseado por ahí con esta cara... El pelo, castaño
y muy alborotado, me cae a ambos lados de la cara hasta un poco más abajo de
los hombros, y decido recogérmelo en una cola de caballo para que no se vea tan
desaliñado. Me gusta llevarlo suelto, pero nunca me lo peino porque se me queda muy feo. Y tras dormir durante horas en el autobús, parece que vengo de haber
pasado cuatro días perdida en el bosque.
Eso sí; se ve que ha habido un momento en el que me ha
estado dando la luz a través de las ventanas durante el viaje, porque tengo la
nariz quemada. Siempre igual... parece un pimiento rojo. Me gusta mi nariz: es
chata y está llena de pecas; pero cada vez que me da un poco el sol, se me
quema y se me pone colorada durante un día entero.
Me lavo la cara en el lavabo para ver si se me cae la
pintura y puedo parecer una persona normal. Cojo una toalla que hay colgada
junto al retrete y me seco la cara mientras me fijo en el resto del baño: a la
izquierda del lavabo está el váter, y a la derecha, detrás de la puerta, hay un
plato de ducha con su mampara. Como ya he dicho, es todo muy pequeño, pero muy
acogedor.
Decido no entretenerme más y miro el reloj: son las tres y
media. Si me doy prisa, me dará tiempo a pasear por las instalaciones esta
tarde. Cojo la maleta más grande y la abro en mitad de la habitación. En ella
está toda mi ropa. Abro el armario empotrado; tiene una sola puerta, ya que el
cuarto de baño no le deja mucho espacio, pero es suficiente para colgar todo lo
que tengo.
Tardo cerca de una hora en colgarlo todo en el armario, bien
puesto. Me quedan aún varias cosas por colocar, como un neceser, pinturas de
uñas, algo de maquillaje y bisutería. También traigo algunas velas, una plancha
para el pelo y algo que para mí es imprescindible: mi cámara de fotos.
Me encanta hacer fotos. Es algo que me relaja
profundamente y con lo que disfruto. En verano, suelo ir a la playa a la hora
del atardecer y fotografiar el cielo a cada minuto que pasa. Los días en los que
no hay niebla, se puede ver África desde el paseo marítimo. Es increíble.
Se me ocurre una idea. Puedo ir esta tarde al bosque que hay
dentro de los terrenos del internado y hacer algunas fotos. Lo que más me gusta
fotografiar es la naturaleza; seguro que hoy puedo hacer un montón de fotos.
Pero antes, tengo que ordenar el cuarto y hacer un par de llamadas.
Detrás de la puerta de la habitación hay un papel
plastificado en el que pone que si queremos limpiar, hay productos de limpieza
en un armario que hay en el pasillo. Efectivamente, al final del pasillo, junto
al tocador, hay una puerta sin cerradura; la abro y dentro hay una escoba, una
fregona y varios botes de
limpiacristales. Cojo uno y un trapo y me meto en el cuarto. Al tiempo que voy
limpiando los muebles, voy colocando las cosas en su sitio: pongo varias velas
en el escritorio, y un par de libros para leer en las estanterías de arriba.
Me subo a la cama para limpiar el poyete de la ventana. Las
puertas de ésta son de cristal y madera, y se abren hacia dentro. Tendré que
tener cuidado, no vaya a ser que algún día me despierte y me dé un cabezazo. La
persiana es antigua y está hecha de
tablillas de madera, y para que se quede enrollada hay que tirar de una
cuerda y luego atarla a una alcayata; me recuerda a las típicas ventanas de los
pueblos blancos característicos de donde yo soy. Al asomarme a la ventana, veo
que alguien me ha dejado un cactus en el poyete. Qué detalle.
Levanto la mirada y el paisaje me deja sin aliento. Hasta donde me alanza la
vista, todo está lleno de árboles; allá donde mire sólo veo sus copas, verde claro,
verde oscuro, amarillas algunas. Y al fondo, las montañas delimitando el
paisaje. Es asombroso; parece sacado de una película con efectos especiales.
Además, hace un día buenísimo, y el sol hace que todo se vea aún más bonito. Si
miro hacia abajo, está la cancha de baloncesto y el pabellón deportivo a su derecha. En la
pista hay varios muchachos echando un partido, y sentadas en unas gradas que
hay pegadas al edificio en el que estoy, hay varias chicas animando.
Ahora tengo que llamar a mis padres para que sepan que estoy
ya aquí. Como las llamadas al extranjero salen por un ojo de la cara, mis
padres y yo decidimos que hablaríamos una vez en semana para ver que estábamos
bien y que todo estaba en orden. Así que cojo el teléfono y marco el
número de mi madre.
No lo coge. Pruebo a llamar a mi padre. Él tarda un poco,
pero al final responde.
− ¿Hola? ¡¿Hola?! −dice casi chillando. Oigo mucho jaleo a
su alrededor, así que intento hablar alto para que me oiga.
− Papá, ¿me oyes? − digo casi chillando.
− ¡Sí, sí! ¿Qué tal, hija? ¿Todo bien?
− Genial, papá. Ya estoy en mi habitación. ¿Vosotros, bien?
− ¡Sí, todo bien, tu madre bien también! − oigo una moto o
algo así pasar cerca de donde él está. − ¡Estamos en El Cairo, cariño, por eso
hay tanto ruido!
−¡Vale! ¡Pues tened mucho cuidado! − digo. La conversación
no puede durar mucho más; no se oye nada, y cualquiera que me oiga chillando de
esta manera va a pensar que estoy loca. − Os quiero mucho.
− ¿Qué? −dice mi padre. − ¡Hablamos en otro momento, Cleo!
¡Te queremos!
−Y yo a vosotros −digo. Y oigo cómo cuelga el teléfono.
Espero que todas las llamadas a mis padres no sean así,
porque vaya desastre. No me he enterado de nada, y ellos aún menos. Pero bueno;
ya que he hecho la llamada que tenía que hacer, decido no alargar más mi
estancia aquí. Cojo mi cámara y me miro por última vez en el espejo. Bueno...
aceptable. Tampoco me importa mucho.
Y allá que voy yo con mi cámara colgada al cuello en
dirección al instituto. Cuando llego a él, lo rodeo y me dirijo hacia el
bosque. Hay algunas personas sentadas al comienzo del mismo, donde crecen los
primeros árboles; pero cuando me voy adentrando, voy dejando atrás a la gente,
lo cual me extraña. Este sitio es precioso, relajante, tranquilo. ¿Cómo pueden
preferir quedarse donde están los edificios y no dar ni un paseo por aquí? Que
yo sepa, no está prohibido.
Enseguida enciendo mi cámara y me pongo a echar fotos. Hay flores
silvestres que yo nunca había visto; no dudo en fotografiarlas de mil y
una formas. Hay un montón de árboles distintos; en el tronco de uno de ellos,
donde acaban las raíces, hay una colonia de setas y champiñones marrones con el sombrero enorme. Son muy extrañas, y además nunca había visto
tantos juntos.
El sol de la tarde ilumina el bosque y le otorga un aspecto
increíble. El suelo está lleno de raíces de todos los tamaños; algunas son
gigantes. Supongo que muchos de estos árboles tendrán más de cien años. Sigo
avanzando a través de los árboles; puedo llevar unos quince minutos andando, y
sigo viendo cosas nuevas a cada paso que doy.
En más de una ocasión escucho ruidos procedentes de las
ramas de los árboles, así que me detengo y me siento en una enorme raíz e
intento no hacer ruido, a ver si algún animalillo no se da cuenta de que estoy
aquí y se atreve a salir de su escondrijo. Me apoyo en el tronco del árbol y
cierro los ojos. Respiro hondo y suelto el aire poco a poco. No me creo lo maravilloso
que es este momento. Hacía muchísimo tiempo que no entraba en contacto con la
naturaleza de esta manera. Me encanta
este sitio.
De pronto, oigo un ruido en un árbol que hay justo frente a
mí. ¡Ahí está! Una ardilla. La única vez que había visto una ardilla antes de
hoy fue una vez que fui a un parque nacional, así que de verdad me sorprende
ver una. El animal recorre una rama muy enclenque que, bajo su peso, cede un
poco, y se queda a unos dos metros del suelo.
Me quedo en silencio y me llevo la cámara a la altura de los
ojos. Miro por el objetivo y justo cuando la tengo en el punto de mira, me
pongo de pie, con la mala suerte de que piso una rama y la ardilla se asusta y
huye. A pesar de ello, yo pulso el botón y echo la foto, a ver si saco algo.
Miro la galería de fotos para ver si ha habido suerte, pero
por desgracia, no la ha habido. Tan sólo se ve un poco de la cola del animal.
Aprieto el zoom para verla un poco más de cerca, pero no se distingue nada. Salió
corriendo justo cuando... espera. ¿Qué es esto?
Amplío un poco más a la izquierda de donde estaba la
ardilla y veo algo que no se parece en absoluto a un árbol ni a nada que haya
visto antes aquí. Levanto la vista y lo busco entre los troncos.
Y lo veo.
Parece ser una casa grande o algo así. Me acerco un poco más
y consigo ver que se trata de una pequeña edificación muy antigua. La pared es
de piedra, y el techo es de algún material parecido a la paja, pero más grueso
y resistente, aunque está deteriorado (seguramente por el paso del tiempo) y se
pueden ver algunas vigas de madera.
Desde donde yo estoy veo la parte de atrás y una fachada
lateral, en la que hay una antigua puerta de madera. ¿Qué clase de sitio es este?
No creo que nadie viva aquí: el edificio se cae a pedazos. Se ve que hace mucho
tiempo que se abandonó este lugar, ya que ni siquiera viene en el folleto del
recinto.
Pero, si está abandonado, ¿será seguro entrar? Tengo muchas
ganas de hacerlo. Soy muy curiosa, y si me fuese ahora, no sé si sabría volver.
Y no tengo paciencia como para esperar a hacer amigos para poder venir con
ellos aquí, sintiéndome más segura así.
Decido no darle más vueltas al asunto y me dejo guiar por mi
espíritu aventurero.
Voy a entrar.
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