lunes, 4 de enero de 2016

Capítulo Dos

Madre mía. Con lo que habla Marina, en algún momento se le podría haber pasado por la cabeza comentarme que el edificio no tiene ascensor ni montacargas, o algo que me pudiese haber ayudado a subir mi equipaje. Y encima mi habitación está ni más ni menos que en la última planta... ¡y son cuatro! Que se dice pronto cuando no tienes que cargar con dos maletas a pulso hasta arriba del todo. Para cuando llego a mi planta, me da la impresión de que mis pulmones son tres veces más pequeños de lo normal. El ejercicio físico y yo nunca nos hemos llevado bien.

El pasillo es largo y oscuro, no tiene ventanas y está alumbrado por unas lámparas que cuelgan del techo cada dos metros. Su luz es amarilla, muy tenue. La decoración de las paredes tampoco es muy pomposa, que se diga: están cubiertas por un papel de color marrón oscuro que tiene algunos grabados de flores, desgastados por el paso del tiempo. El suelo es de madera, y se extiende a derecha e izquierda. Me fijo en que a mi izquierda, las puertas empiezan por el número 414 y van bajando a números cada vez más pequeños, así que cojo todas mis cosas y me dirijo hacia la derecha.

Mientras avanzo, voy viendo los números de las puertas: los pares quedan a mi izquierda, y los impares, a la derecha, por lo que mi habitación quedará orientada hacia la cancha de baloncesto y el pabellón. Me fijo en algo en lo que no había reparado antes, también: al fondo del pasillo hay una especie de tocador, a modo de decoración. Es tan antiguo que el espejo está lleno de manchas negras y está desconchado por varios sitios. Es una pena; tiempo atrás seguro que fue muy bonito.

Por fin llego a la puerta 427. Me dispongo a abrirla cuando escucho un ruido procedente de una habitación al fondo del pasillo. Una puerta se abre, y de ella sale una chica alta y muy delgada, con el pelo negro y largo recogido en una cola. Cierra su puerta y pasa junto a mí en su camino hacia la escalera.

− Hola − le digo cuando pasa por mi lado, pero ella ni se inmuta. No me devuelve el saludo; es más, es como si no lo hubiese oído siquiera. Y se aleja, con el rostro serio. Desaparece por las escaleras y yo me quedo en silencio. Espero que no todo el mundo sea igual de simpático por aquí.

Afortunadamente, con el paso de los años me he ido volviendo cada vez menos susceptible al comportamiento de la gente, así que no le doy mucha importancia a su arrogancia. Me saco la llave del bolsillo y la meto en la cerradura. La llave gira bien, pero al empujar la puerta tengo que hacer un gran esfuerzo. Es vieja, y parece que las bisagras han dado un poco de sí. A pesar de ello, consigo abrirla del todo y observo lo que va a ser mi hogar durante este curso.

Todos los muebles están hechos de madera. Justo frente a la puerta está la ventana, que es grande y llena la habitación de luz. Bajo la misma, está la cama, de lado, con la cabecera pegada a la pared de mi izquierda; junto a ella hay una mesita de noche. En la pared de la derecha hay un escritorio con una silla y unas estanterías atornilladas a la pared encima del escritorio.

Cojo mis cosas y las meto en la habitación, y me fijo que pegado a la puerta hay un armario empotrado (de hecho, la entrada a la habitación es una especie de pasillito formado por el armario y la pared de la izquierda), y entre el armario empotrado y la pared que está a la derecha cuando entras en la habitación, hay una puerta que da a un minúsculo baño.

Cierro la puerta del cuarto y me quedo de pie, observándolo todo. Me gusta. Las paredes son blancas, y al ser la ventana tan ancha, el cuarto está muy bien alumbrado. Los muebles y el suelo de madera le dan un toque muy acogedor, además.

Me dirijo hacia el baño para ver cómo es por dentro. Al abrir la puerta, choca con el lavabo, que está justo en frente de ésta. Sobre el lavabo hay un espejo; me miro en él, y por primera vez desde que me levanté esta mañana, veo las pintas que llevo. Apenas me maquillo, pero el poco maquillaje que llevaba en los ojos se me ha repartido en todas direcciones gracias a la siesta que me he echado en el autobús, y ahora parezco más un mapache borracho que una muchacha normal.

Y yo me he paseado por ahí con esta cara... El pelo, castaño y muy alborotado, me cae a ambos lados de la cara hasta un poco más abajo de los hombros, y decido recogérmelo en una cola de caballo para que no se vea tan desaliñado. Me gusta llevarlo suelto, pero nunca me lo peino porque se me queda muy feo. Y tras dormir durante horas en el autobús, parece que vengo de haber pasado cuatro días perdida en el bosque.

Eso sí; se ve que ha habido un momento en el que me ha estado dando la luz a través de las ventanas durante el viaje, porque tengo la nariz quemada. Siempre igual... parece un pimiento rojo. Me gusta mi nariz: es chata y está llena de pecas; pero cada vez que me da un poco el sol, se me quema y se me pone colorada durante un día entero.

Me lavo la cara en el lavabo para ver si se me cae la pintura y puedo parecer una persona normal. Cojo una toalla que hay colgada junto al retrete y me seco la cara mientras me fijo en el resto del baño: a la izquierda del lavabo está el váter, y a la derecha, detrás de la puerta, hay un plato de ducha con su mampara. Como ya he dicho, es todo muy pequeño, pero muy acogedor.

Decido no entretenerme más y miro el reloj: son las tres y media. Si me doy prisa, me dará tiempo a pasear por las instalaciones esta tarde. Cojo la maleta más grande y la abro en mitad de la habitación. En ella está toda mi ropa. Abro el armario empotrado; tiene una sola puerta, ya que el cuarto de baño no le deja mucho espacio, pero es suficiente para colgar todo lo que tengo.




Tardo cerca de una hora en colgarlo todo en el armario, bien puesto. Me quedan aún varias cosas por colocar, como un neceser, pinturas de uñas, algo de maquillaje y bisutería. También traigo algunas velas, una plancha para el pelo y algo que para mí es imprescindible: mi cámara de fotos.

Me encanta hacer fotos. Es algo que me relaja profundamente y con lo que disfruto. En verano, suelo ir a la playa a la hora del atardecer y fotografiar el cielo a cada minuto que pasa. Los días en los que no hay niebla, se puede ver África desde el paseo marítimo. Es increíble.

Se me ocurre una idea. Puedo ir esta tarde al bosque que hay dentro de los terrenos del internado y hacer algunas fotos. Lo que más me gusta fotografiar es la naturaleza; seguro que hoy puedo hacer un montón de fotos. Pero antes, tengo que ordenar el cuarto y hacer un par de llamadas.

Detrás de la puerta de la habitación hay un papel plastificado en el que pone que si queremos limpiar, hay productos de limpieza en un armario que hay en el pasillo. Efectivamente, al final del pasillo, junto al tocador, hay una puerta sin cerradura; la abro y dentro hay una escoba, una fregona y varios botes  de limpiacristales. Cojo uno y un trapo y me meto en el cuarto. Al tiempo que voy limpiando los muebles, voy colocando las cosas en su sitio: pongo varias velas en el escritorio, y un par de libros para leer en las estanterías de arriba.

Me subo a la cama para limpiar el poyete de la ventana. Las puertas de ésta son de cristal y madera, y se abren hacia dentro. Tendré que tener cuidado, no vaya a ser que algún día me despierte y me dé un cabezazo. La persiana es  antigua y está hecha de tablillas de madera, y para que se quede enrollada hay que tirar de una cuerda y luego atarla a una alcayata; me recuerda a las típicas ventanas de los pueblos blancos característicos de donde yo soy. Al asomarme a la ventana, veo que alguien me ha dejado un cactus en el poyete. Qué detalle.

Levanto la mirada y el paisaje  me deja sin aliento. Hasta donde me alanza la vista, todo está lleno de árboles; allá donde mire sólo veo sus copas, verde claro, verde oscuro, amarillas algunas. Y al fondo, las montañas delimitando el paisaje. Es asombroso; parece sacado de una película con efectos especiales. Además, hace un día buenísimo, y el sol hace que todo se vea aún más bonito. Si miro hacia abajo, está la cancha de baloncesto y el pabellón deportivo a su derecha. En la pista hay varios muchachos echando un partido, y sentadas en unas gradas que hay pegadas al edificio en el que estoy, hay varias chicas animando.

Ahora tengo que llamar a mis padres para que sepan que estoy ya aquí. Como las llamadas al extranjero salen por un ojo de la cara, mis padres y yo decidimos que hablaríamos una vez en semana para ver que estábamos bien y que todo estaba en orden. Así que cojo el teléfono y marco el número de mi madre.

No lo coge. Pruebo a llamar a mi padre. Él tarda un poco, pero al final responde.

− ¿Hola? ¡¿Hola?! −dice casi chillando. Oigo mucho jaleo a su alrededor, así que intento hablar alto para que me oiga.

− Papá, ¿me oyes? − digo casi chillando.

− ¡Sí, sí! ¿Qué tal, hija? ¿Todo bien?

− Genial, papá. Ya estoy en mi habitación. ¿Vosotros, bien?

− ¡Sí, todo bien, tu madre bien también! − oigo una moto o algo así pasar cerca de donde él está. − ¡Estamos en El Cairo, cariño, por eso hay tanto ruido!

−¡Vale! ¡Pues tened mucho cuidado! − digo. La conversación no puede durar mucho más; no se oye nada, y cualquiera que me oiga chillando de esta manera va a pensar que estoy loca. − Os quiero mucho.

− ¿Qué? −dice mi padre. − ¡Hablamos en otro momento, Cleo! ¡Te queremos!

−Y yo a vosotros  −digo. Y oigo cómo cuelga el teléfono.

Espero que todas las llamadas a mis padres no sean así, porque vaya desastre. No me he enterado de nada, y ellos aún menos. Pero bueno; ya que he hecho la llamada que tenía que hacer, decido no alargar más mi estancia aquí. Cojo mi cámara y me miro por última vez en el espejo. Bueno... aceptable. Tampoco me importa mucho.




Y allá que voy yo con mi cámara colgada al cuello en dirección al instituto. Cuando llego a él, lo rodeo y me dirijo hacia el bosque. Hay algunas personas sentadas al comienzo del mismo, donde crecen los primeros árboles; pero cuando me voy adentrando, voy dejando atrás a la gente, lo cual me extraña. Este sitio es precioso, relajante, tranquilo. ¿Cómo pueden preferir quedarse donde están los edificios y no dar ni un paseo por aquí? Que yo sepa, no está prohibido.

Enseguida enciendo mi cámara y me pongo a echar fotos. Hay flores silvestres que yo nunca había visto; no dudo en fotografiarlas de mil y una formas. Hay un montón de árboles distintos; en el tronco de uno de ellos, donde acaban las raíces, hay una colonia de setas y champiñones marrones con el sombrero enorme. Son muy extrañas, y además nunca había visto tantos juntos.

El sol de la tarde ilumina el bosque y le otorga un aspecto increíble. El suelo está lleno de raíces de todos los tamaños; algunas son gigantes. Supongo que muchos de estos árboles tendrán más de cien años. Sigo avanzando a través de los árboles; puedo llevar unos quince minutos andando, y sigo viendo cosas nuevas a cada paso que doy.

En más de una ocasión escucho ruidos procedentes de las ramas de los árboles, así que me detengo y me siento en una enorme raíz e intento no hacer ruido, a ver si algún animalillo no se da cuenta de que estoy aquí y se atreve a salir de su escondrijo. Me apoyo en el tronco del árbol y cierro los ojos. Respiro hondo y suelto el aire poco a poco. No me creo lo maravilloso que es este momento. Hacía muchísimo tiempo que no entraba en contacto con la naturaleza  de esta manera. Me encanta este sitio.

De pronto, oigo un ruido en un árbol que hay justo frente a mí. ¡Ahí está! Una ardilla. La única vez que había visto una ardilla antes de hoy fue una vez que fui a un parque nacional, así que de verdad me sorprende ver una. El animal recorre una rama muy enclenque que, bajo su peso, cede un poco, y se queda a unos dos metros del suelo.

Me quedo en silencio y me llevo la cámara a la altura de los ojos. Miro por el objetivo y justo cuando la tengo en el punto de mira, me pongo de pie, con la mala suerte de que piso una rama y la ardilla se asusta y huye. A pesar de ello, yo pulso el botón y echo la foto, a ver si saco algo.

Miro la galería de fotos para ver si ha habido suerte, pero por desgracia, no la ha habido. Tan sólo se ve un poco de la cola del animal. Aprieto el zoom para verla un poco más de cerca, pero no se distingue nada. Salió corriendo justo cuando... espera. ¿Qué es esto?

Amplío un poco más a la izquierda de donde estaba la ardilla y veo algo que no se parece en absoluto a un árbol ni a nada que haya visto antes aquí. Levanto la vista y lo busco entre los troncos.

Y lo veo.

Parece ser una casa grande o algo así. Me acerco un poco más y consigo ver que se trata de una pequeña edificación muy antigua. La pared es de piedra, y el techo es de algún material parecido a la paja, pero más grueso y resistente, aunque está deteriorado (seguramente por el paso del tiempo) y se pueden ver algunas vigas de madera.

Desde donde yo estoy veo la parte de atrás y una fachada lateral, en la que hay una antigua puerta de madera. ¿Qué clase de sitio es este? No creo que nadie viva aquí: el edificio se cae a pedazos. Se ve que hace mucho tiempo que se abandonó este lugar, ya que ni siquiera viene en el folleto del recinto.
Pero, si está abandonado, ¿será seguro entrar? Tengo muchas ganas de hacerlo. Soy muy curiosa, y si me fuese ahora, no sé si sabría volver. Y no tengo paciencia como para esperar a hacer amigos para poder venir con ellos aquí, sintiéndome más segura así.

Decido no darle más vueltas al asunto y me dejo guiar por mi espíritu aventurero.


Voy a entrar.

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