La puerta es muy vieja, y no me supone ningún esfuerzo
abrirla. En cuanto la empujo un poco, se abre sola. Y cuando veo lo que hay en
el interior, entiendo dónde estoy.
La edificación es una especie de capilla. La puerta está en
una pared lateral, situada cerca de la esquina que forman esa pared y la pared
posterior. Así que al mirar hacia mi derecha, me encuentro dos filas de tres
bancos cada una frente a un pequeño altar de mármol. Pero lo más increíble de
todo y lo que más llama la atención es una preciosa y antiquísima vidriera
detrás del altar. Algunos rayos de sol se cuelan a través de ella e inundan la
sala de miles de colores. Se puede ver el polvo flotando por todas partes. Me
siento como si estuviese en un sitio secreto, mágico. Es como si el tiempo se hubiese
detenido.
Doy algunos pasos dirigiéndome hacia los bancos. El suelo,
de madera, está astillado y cruje bajo mis pies. La humedad y el paso del
tiempo lo habrán ido deteriorando hasta llegar a este punto. Miro hacia el
techo y veo las vigas de madera, también astilladas. Por algunos huecos se
pueden ver los árboles de fuera.
Sigo andando y avanzo entre las dos filas de bancos. Están
barnizados, pero también se han deteriorado con el paso del tiempo. Justo antes
de llegar al altar hay dos escalones. Los subo y rodeo la pequeña mesa de
mármol, que está cubierta por una capa considerable de polvo.
Y llego a la vidriera. Vista de cerca es aún más
impresionante. Los trozos de cristal se unen para formar un dibujo muy bonito:
es la silueta de una muchacha (supongo que una virgen) arrodillada, de perfil,
sosteniendo algo entre las manos. La cara no tiene los rasgos definidos: ni
siquiera tiene ojos. Pero tiene la cabeza inclinada hacia lo que parece ser una
flor o algo así que sostiene con sus manos, tampoco bien definidas.
Puede que a simple vista parezca un dibujo tosco o simple,
pero lo cierto es que el montón de colores distintos que se funden en el
mosaico junto con la luz del sol hacen que este sitio sea único.
Levanto la mano y toco uno de los cientos de cristales.
Alrededor de la silueta de la mujer, la mayoría son de color azul marino, pero
hacia los extremos de la vidriera también hay cristales de color verde claro,
amarillo y rojo. Es precioso.
De pronto, oigo un
crujido a mi espalda. Salgo de mi ensimismamiento y me giro para ver qué ha
podido causar el ruido. ¿Un animal? No creo que una ardilla pese lo suficiente
como para hacer crujir el suelo. Me fijo en que al fondo de la capilla, justo
frente al altar, hay un mueble de madera grande, como un biombo. Creo que es un
confesionario, y me parece que el ruido ha venido de allí.
Otra vez. Vuelvo a oír el ruido. Ahora tengo claro que lo
que ha crujido es una tabla del suelo, y que lo que sea que hay detrás del confesionario
debe pesar bastante. ¿Será una persona? Pero, si hay alguien aquí, ¿por qué no
ha salido de su escondite cuando me ha oído llegar? ¿Por qué se esconde?
Me está empezando a entrar un poco de miedo, así que decido
salir de aquí lo antes posible. Pero para salir por la puerta, tengo que pasar
por delante del mueble de madera. Espero que lo que quiera que haya escondido
no sea peligroso y salga para atacarme o algo. Si me pasa cualquier cosa, no
tengo ni el móvil encima. Si me muero, para cuando encuentren mi cuerpo seguro
que ya ni se me reconoce.
Vale. Ahora sí que estoy nerviosa. Bueno, vamos a ver... voy a
andar muy despacio hasta la salida, para que lo que quiera que haya ahí detrás
no me oiga. Y cuando ya esté fuera, salgo pitando. Bien.
Rodeo el altar, esta vez en dirección a la puerta. Bajo los
escalones y camino con cuidado entre los bancos. Ya casi estoy... creo que con
cinco pasos que dé, puedo salir. Pero vuelvo a oír el crujido, y me quedo
paralizada a escasos metros del mueble. Por favor, que no me haga daño, que no me
haga daño...
Noto que me empiezan a temblar las rodillas cuando, de
pronto, del confesionario sale un perrito. ¡Un perro! Es un precioso cachorrito
lleno de rizos castaños desde la cabeza hasta la cola, incluyendo las patitas.
No puedo evitar soltar un «Oh» (de
alivio, en gran parte) al ver lo tierno que es.
El animal me observa desde su sitio con la mirada asustada, y
lloriquea un poco. Yo no dudo en agacharme y tenderle una mano para que venga a
olerla. A los pocos segundos, el perrito se anima y se acerca despacio, con la
cabeza agachada pero moviendo la cola. Al minuto ya lo tengo olisqueándome la
mano, estudiándome, y no puedo evitar acariciarle un poco la cabeza. Al
principio se asusta y retrocede, pero luego vuelve hasta donde estoy y me mira,
juguetón.
Yo (abusando bastante de la poca confianza que me ha
brindado el animal), extiendo el brazo y lo cojo. El cachorrillo, inocente, no
opone resistencia, y empieza a mover su cola con energía. Yo me siento en el
suelo y lo cojo entre mis brazos. Lo acaricio y él hace el intento de lamerme
la cara, pero eso ya no me hace tanta gracia.
Sigo acariciándolo cuando, de pronto, escucho unos ruidos ajenos a
nosotros. Son susurros, procedentes del confesionario, de donde ha venido el
cachorro.
«¿Dónde está?»
«¿No lo tenías tú?»
«No, pensaba que lo habías cogido tú»
Una breve pausa.
«Mierda»
Tras varios segundos de silencio, el suelo de madera
comienza a crujir, y de detrás del confesionario salen dos muchachos más o
menos de mi misma edad. El primero tiene el pelo negro y los ojos claros; es
delgado y alto, de piel clara. El segundo es más alto y tiene el pelo rizado
y castaño, del mismo color que sus ojos. Es más moreno y corpulento, y me mira
con ojos curiosos.
Su compañero se limita a mirar el cachorro. Es el primero en
hablar.
− Vaya, eh... hola −dice − Veo que te has hecho amiga de Beicon.
Miro al cachorro y me río.
− ¿Le habéis puesto Beicon
al perro? − pregunto mientras lo dejo en el suelo y me pongo en pie.
− Le encanta el beicon, así que nos pareció apropiado −
sonríe ligeramente. Tiene algunos dientes algo torcidos, pero eso no le resta
encanto; es más, es bastante mono. − Yo me llamo Álex, y éste es Max − dice,
refiriéndose al muchacho moreno. Éste hace un gesto con la cabeza a modo de saludo. Me mira a los ojos y habla.
− Eres la chica que se ha chocado hoy en la cafetería −
apunta.
Noto cómo me voy sonrojando a la velocidad de la luz. Me han
visto. Bueno, y quién no.
−Eh... sí. Sí, soy yo. Me llamo Cleo.
Álex interviene.
− Perdónalo − dice −. No está acostumbrado a hablar con
chicas, ¿sabes? − y le propina un buen codazo en el abdomen. Max se encoje
ligeramente y lo fulmina con la mirada, pero no dice nada. Un chico poco
hablador, supongo.
Decido quitarle hierro al asunto y cambiar de tema.
− ¿Es este vuestro refugio secreto? Es precioso, pero está
un poco escondido.
− Sí − dice Álex. − El caso es que no está permitido venir
hasta aquí.
− ¿En serio? ¿Y qué hacéis aquí vosotros, entonces? −
reprimo una sonrisa. Si su intención era preocuparme, no lo ha conseguido.
− Bueno... Digamos que llevar aquí casi diez años te otorga
ciertos privilegios.
−Oh −me sorprende la cantidad de tiempo que llevan aquí −.
Yo he llegado hoy y quería hacer algunas fotos − señalo la cámara.
− No deberías ir exhibiendo ese tipo de objetos tan
alegremente por aquí −dice Max.
¿Qué le pasa? ¿Es que no sabe ser amable con la gente? No
puedo caerle mal con lo poco que hemos hablado hasta el momento.
− Pues tendré más cuidado de ahora en adelante − le respondo
lo más secamente que puedo. Él se limita a asentir con la cabeza y se agacha.
Chasquea los dedos y llama la atención del perro, que no duda en ir hacia él.
Max lo coge y lo acaricia con fruición. A pesar de tener una expresión seria y
distante en todo momento, tiene algo que lo hace ser bastante atractivo. Con lo
borde que es, ya podría ser feo.
−El chico de la cafetería es Urko, por cierto − comenta Álex
para romper el silencio. −Es un gilipollas, pero no se lo digas si no quieres
acabar dentro del bidón de basura que hay en la entrada.
Trago saliva. Seguro que hoy he estado cerca de acabar ahí
dentro.
−Gracias por el aviso. − Me fijo en que la luz del sol es
cada vez más tenue, y decido que es hora de irme. No me gustaría que cayera la
noche y me pillara en mitad de este bosque, ni siquiera yendo acompañada por
dos chicos. − Esto... Creo que es hora de que me vaya.
− Está bien − dice Álex. − Sólo tienes que ir hacia el norte.
¿Sabrás llegar?
− Claro, claro. El norte. Sí. − «Vamos, que me vaya por
donde he venido», pienso, sin tener ni idea de dónde está el norte, el sur o
cualquier otra dirección. − Bueno, pues hasta mañana. Un placer haberos conocido −. Les
dedico una sonrisa sincera mientras salgo de la capilla y ellos levantan una
mano a modo de despedida.
Camino lentamente a través del bosque, disfrutando del
entorno. Echo alguna que otra foto más, y cuando llevo alrededor de media hora de
caminata, empiezo a escuchar el barullo de la gente hablando.
Cuando paso por la plaza veo a muchísima gente. Muchas personas
están en grupos, se abrazan y sonríen, y otros simplemente charlan. También hay
gente sola sentada en los bancos, y algunos grupos alrededor de la fuente.
En el porche del edificio de los chicos veo, apoyado en una
columna, al tal Urko. Está acompañado por su peculiar grupo de amigos, y
rápidamente miro hacia otro lado para evitar que me vea y decida que al final sí
que me quiere partir la cara.
Subo las escaleras rápidamente para llegar cuanto antes a mi
habitación; tengo ganas de ducharme y tumbarme a leer un rato. Cuando llego a
la mi planta, giro a la derecha en dirección a mi cuarto. Hay alguna que otra
chica por el pasillo cargada con las maletas, y yo la compadezco sabiendo lo
que cuesta cargar con todos los bártulos hasta aquí arriba. Por fin llego a mi
habitación; me había dejado la ventana abierta, así que hace fresco dentro.
Decido darme una ducha y miro el baño, repleto de cosa mías:
toallas de colores, todo tipo de productos para el pelo, botes nuevos de
champú, gel, colonia... No quiero perder ni un segundo más, así que echo la
llave en la puerta de mi habitación y me quito la ropa.
El agua tarda un poco en calentarse, pero en seguida se
llena el baño de vapor y se está a gusto
dentro (algo bueno tenía que tener que fuese tan pequeño). Me lavo el pelo y me
pongo el pijama. En el bolso traía un paquete de bollos que me había comprado
por si acaso me entraba hambre en el camino en autobús, así que decido no bajar
a cenar y quedarme en el cuarto leyendo.
Antes de dormir, preparo las cosas para mañana: cojo mi
mochila y meto una libreta, un estuche y algo de comer para el recreo. También
preparo la ropa: escojo una camiseta de rayas horizontales blancas y rojas y
unos pantalones vaqueros cortos.
Lo coloco todo en la silla del escritorio y pongo el
despertador a las siete y cuarto. Las normas del internado dicen que el comedor
servirá el desayuno desde las 7:45 hasta las 8:15, y que a las 8:30 los alumnos
deben estar ya en clase.
Espero no quedarme dormida.